PARTE 1
El sol caía sin piedad sobre la avenida principal de Brighton City. El asfalto parecía derretirse bajo los zapatos gastados de Daniel Foster, un joven de veintitrés años que caminaba con pasos rápidos, sudando dentro de su única camisa blanca planchada con cuidado la noche anterior. En su mochila llevaba su currículum, doblado con precisión, como si ese papel fuera su boleto hacia una vida mejor. Aquella entrevista en SilverTech Solutions era su oportunidad de escapar de trabajos temporales y sueldos miserables.
Daniel miró su reloj: faltaban diez minutos. Respiró hondo, intentando calmar el temblor en sus manos. Pensaba en su madre, en las facturas atrasadas, en la promesa que se había hecho de sacarla del pequeño apartamento donde vivían.
Cuando el semáforo se puso en verde, cruzó la calle con otros peatones. Entonces ocurrió.
A pocos metros, una joven se tambaleó, soltó su bolso y cayó de rodillas. La gente esquivó su cuerpo como si fuera un obstáculo más del camino. Daniel se detuvo de inmediato.
—¡Oiga! ¿Está bien? —preguntó, arrodillándose junto a ella.
La joven tenía la piel pálida y respiraba con dificultad. Se llamaba Lena Brooks. Apenas podía hablar.
—No… he comido… mareos… —susurró.
Daniel miró alrededor buscando ayuda, pero nadie se detenía. Sin pensarlo, la ayudó a levantarse y la llevó hasta una parada de autobús cercana, donde la sentó en un banco.
Sacó su botella de agua.
—Beba despacio.
Lena obedeció. Sus manos temblaban.
—Gracias… tengo mucha presión… trabajo… familia…
Daniel se quitó la mochila y la usó para darle sombra. Miró de nuevo su reloj. Cinco minutos. Dudó. Podía irse y llamar a emergencias… pero algo en la mirada de Lena lo hizo quedarse.
—Tranquila, no se desmaye —le dijo con voz suave—. Respire conmigo.
Pasaron varios minutos. Lena recuperó color en el rostro.
—Lo siento… no quería causarte problemas…
Daniel sonrió.
—No pasa nada. ¿Puedes ponerte de pie?
Ella asintió. Se levantó lentamente.
—Gracias, de verdad… no olvidaré esto.
Daniel volvió a mirar el reloj. Tarde. Corrió hacia el edificio de SilverTech, pero al llegar, la recepcionista negó con la cabeza.
—Lo siento, señor. El entrevistador ya se fue. Las entrevistas terminaron.
Daniel sintió un vacío en el estómago.
—¿No puedo esperar?
—Reglas de la empresa —respondió con tristeza.
Salió del edificio con la cabeza baja. Había perdido todo por ayudar a una desconocida. Esa noche, trabajando en un almacén, pensó en lo ocurrido. No se arrepentía, pero el dolor era real.
Una semana después, recibió una llamada inesperada.
—¿Daniel Foster? Le habla María Collins, asistente del director general de SilverTech. El señor Richard Brooks desea verlo mañana en su oficina.
Daniel quedó paralizado.
—¿El… director general?
—Sí. Es muy importante.
Colgó confundido. ¿Qué quería el CEO con él?
Pero lo que Daniel descubriría al día siguiente cambiaría su vida para siempre… ¿Quién era realmente aquella joven que ayudó en la calle?
PARTE 2
Daniel no durmió esa noche. Daba vueltas en la cama pensando en todas las posibilidades. Tal vez querían denunciarlo por algo, o quizás era una broma cruel. A las siete de la mañana ya estaba de pie, usando la misma camisa blanca, aunque esta vez con más cuidado.
El edificio de SilverTech parecía aún más imponente. La recepcionista lo llevó directamente al piso más alto. El ascensor subía en silencio.
Las puertas se abrieron. Un despacho enorme, con ventanales que mostraban toda la ciudad. Detrás de un escritorio elegante estaba Richard Brooks, un hombre de cincuenta años, mirada firme.
—Daniel, gracias por venir.
Daniel tragó saliva.
—Gracias por recibirme, señor.
Richard sonrió levemente.
—Quiero que conozcas a alguien.
Desde un sofá cercano se levantó una joven. Daniel abrió los ojos.
—¿Lena?
Ella sonrió.
—Hola, Daniel.
—¿Qué… qué haces aquí?
Richard habló:
—Lena es mi hija.
Daniel sintió que el mundo se detenía.
—¿Tu… hija?
—Sí. Soy el CEO de SilverTech —continuó Richard—. Lena me contó todo lo que hiciste por ella.
Lena se acercó.
—Papá, si no fuera por él, me habría desmayado en plena calle. Estaba agotada por el proyecto fallido. No había comido en todo el día.
Richard suspiró.
—Ese proyecto nos costó millones. Ella se culpaba.
Daniel escuchaba en silencio.
—Intentamos encontrarte —dijo Lena—. Revisamos cámaras de seguridad. Tardamos días.
Richard miró a Daniel.
—Podías haber seguido tu camino, llegar a tiempo a la entrevista. Pero elegiste ayudar. Eso dice mucho de tu carácter.
Daniel bajó la mirada.
—Perdí la oportunidad… pero no me arrepiento.
Richard se levantó.
—Por eso estás aquí. No busco empleados solo con títulos. Busco personas.
Sacó un documento.
—Te ofrezco el puesto de coordinador asistente, con beneficios completos y proyección de crecimiento.
Daniel sintió que le faltaba el aire.
—¿Más que el puesto inicial?
—Mucho más.
Lena sonrió emocionada.
—Papá insistió.
Daniel tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No sé qué decir…
—Di que aceptas —respondió Richard.
—Acepto.
A partir de ese día, la vida de Daniel cambió. Aprendió rápido, se esforzó más que nadie. Lena se convirtió en su amiga cercana. Compartían café, risas, confidencias.
Un día, Daniel confesó:
—Ese día pensé que todo estaba perdido.
—Y fue el inicio de todo —respondió Lena.
Daniel comenzó a ayudar a otros compañeros, recordando su pasado. Su historia se hizo conocida dentro de la empresa.
Richard lo observaba orgulloso.
—Hiciste lo correcto —le dijo una vez—. No todos lo hacen.
Daniel entendió que el éxito no solo se mide en dinero.
Semanas después, Lena invitó a Daniel a cenar con su familia. Su madre lo abrazó como a un hijo.
—Gracias por cuidar de ella —dijo.
Daniel sonrió.
—Ella me cambió la vida.
Pero lo mejor aún estaba por venir…