Parte 1: La Gala de la Traición
Isabella Vega se ajustó el vestido blanco de maternidad, sintiendo una patada de su bebé de siete meses. Debería haber estado descansando, pero su esposo, Lucas Montalvo, había insistido en que su presencia en la Gala de Navidad de la familia Montalvo era obligatoria. “No me avergüences, Isabella”, le había susurrado fríamente en el coche.
La mansión Montalvo brillaba con luces doradas, pero el aire estaba helado. Isabella se sentía como una intrusa en su propia vida. Hacía tres meses que Lucas había cambiado; el hombre encantador se había vuelto distante y cruel en cuanto descubrió que la supuesta herencia del padre desaparecido de Isabella no existía.
Isabella buscó a Lucas entre la multitud y lo encontró riendo junto a su madre, Doña Elena, y una mujer que Isabella conocía demasiado bien: Carla Ruiz, una ‘influencer’ y exnovia de Lucas. El instinto de Isabella se disparó. Se acercó vacilante.
—Vaya, miren quién decidió rodar hasta aquí —dijo Carla, con una sonrisa venenosa, sosteniendo una copa gigante de vino tinto.
—Isabella, querida —intervino Doña Elena, mirando con desdén el vientre de su nuera—. Ese vestido blanco es demasiado… puro para alguien de tu estatus, ¿no crees?
Antes de que Isabella pudiera responder, Carla fingió tropezar. Fue un movimiento calculado, teatral y cruel. El contenido de la copa, un vino tinto oscuro y pegajoso, voló por el aire y empapó el vestido blanco de Isabella, goteando por su vientre abultado como una herida abierta.
La música se detuvo. El silencio llenó el salón. Isabella jadeó por el frío del líquido y la humillación. Miró a Lucas, esperando que la defendiera, que le ofreciera su chaqueta.
Pero Lucas no se movió. Él sonrió.
—Torpe como siempre, Isabella —dijo Lucas en voz alta, para que todos lo oyeran—. Quizás deberías irte antes de arruinar la alfombra también.
Las risas estallaron alrededor de ella. Carla sacó su teléfono y comenzó a grabar. Cegada por las lágrimas, Isabella se dio la vuelta para huir, pero el suelo de mármol estaba resbaladizo por el vino. Sus pies fallaron. Cayó pesadamente de costado, golpeándose el vientre contra el escalón de la terraza.
Un dolor agudo y cegador atravesó su cuerpo. Mientras su visión se nublaba, vio una figura imponente en la entrada del jardín, un hombre con abrigo oscuro que observaba la escena con una furia contenida, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
¿Quién es ese hombre misterioso que emerge de las sombras y podrá salvar la vida del bebé antes de que la crueldad de los Montalvo termine en tragedia?
Parte 2: El Abismo y el Regreso
El pitido rítmico del monitor cardíaco fue lo primero que escuchó Isabella. Estaba en una habitación de hospital estéril y fría. El dolor en su abdomen era un recordatorio constante de la caída. El médico le informó con gravedad que había sufrido un desprendimiento parcial de la placenta debido al trauma; ella y el bebé estaban estables, pero requerían reposo absoluto. Cualquier estrés adicional podría ser fatal.
Apenas una hora después, la puerta se abrió. No era una enfermera. Era Lucas, acompañado por un abogado con cara de pocos amigos.
—Me alegra ver que estás viva —dijo Lucas sin emoción, dejando caer un sobre manila sobre la cama—. Esto es para ti.
Isabella abrió el sobre con manos temblorosas. Eran papeles de divorcio y una orden de custodia preventiva.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, con la voz quebrada.
—Estoy solicitando la custodia total del niño cuando nazca —dijo Lucas con arrogancia—. Alegamos inestabilidad mental e incapacidad financiera. El video de tu “borrachera” y caída en la fiesta ya es viral, gracias a Carla. Todo el mundo piensa que eres una alcohólica torpe que puso en riesgo a su hijo. No tienes casa, no tienes trabajo, y pronto, no tendrás hijo.
—¡Me empujaron! ¡Fue una trampa! —gritó Isabella, intentando levantarse, pero el dolor la detuvo.
—Es tu palabra contra la de la familia más poderosa de la ciudad —respondió Lucas, ajustándose la corbata—. Disfruta tu estancia. La cuenta del hospital corre por tu cuenta a partir de hoy.
Lucas salió, dejándola en un abismo de desesperación. Isabella lloró hasta quedarse sin aire. Se sentía completamente sola. Su madre había muerto hacía años y su padre había desaparecido tras un escándalo financiero ocho años atrás. Estaba acabada.
Esa noche, mientras la tormenta golpeaba la ventana del hospital, la puerta se abrió de nuevo. Una sombra se deslizó dentro. Isabella se encogió, temiendo que fuera Lucas otra vez.
—No temas, Bella —dijo una voz profunda y familiar, una voz que no había escuchado en casi una década.
Un hombre de cabello canoso pero postura militar salió de la penumbra. Llevaba un traje italiano impecable.
—¿Papá? —susurró Isabella, sin poder creerlo—. ¿Roberto?
—Soy yo —dijo Roberto Vega, acercándose para tomar su mano—. Aunque en el mundo de los negocios ahora me conocen como “El Arquitecto”.
—¿Dónde has estado? Pensé que… Lucas dijo que nos dejaste sin nada.
—Tuve que irme para protegerte de las deudas que mis socios corruptos me endosaron. Me fui sin nada, Bella, pero no estuve ocioso. He pasado ocho años construyendo un imperio en el extranjero, esperando el momento seguro para volver.
Roberto le acarició el cabello, su rostro endureciéndose al ver los moretones en los brazos de su hija.
—Regresé hace tres días. Fui a la fiesta de incógnito para sorprenderte, pero vi lo que te hicieron. Vi a Carla empujarte. Vi a Lucas reírse. Y lo tengo todo.
—¿Todo? —preguntó Isabella.
—Tengo grabaciones de seguridad de la mansión que Lucas olvidó borrar. Tengo audios. Y tengo al mejor equipo legal que el dinero puede comprar.
Roberto sacó un teléfono y le mostró un video. No era el ángulo del celular de Carla. Era una toma clara desde una cámara de seguridad oculta en la terraza. Se veía claramente a Carla poniendo el pie, a Doña Elena dando la señal, y a Lucas impidiendo que un camarero ayudara a Isabella.
—No solo vamos a pelear por la custodia, hija mía —dijo Roberto con una determinación fría—. Vamos a desmantelar a la familia Montalvo, ladrillo por ladrillo. Lucas cree que te ha dejado sin nada, pero acaba de declarar la guerra al hombre equivocado. Mañana conocerás a la abogada Méndez. Prepárate, Bella. Ya no eres la víctima.
Por primera vez en meses, Isabella sintió una chispa de esperanza encenderse en su pecho, reemplazando el miedo con una furia justa.
Parte 3: La Justicia y el Renacimiento
Seis meses después, la sala del tribunal estaba llena a reventar. La prensa local, alimentada por el escándalo, esperaba ansiosamente el desenlace del caso “Montalvo contra Vega”. Lucas estaba sentado junto a su madre y Carla, todos vestidos con ropa de diseñador, mostrando sonrisas de confianza. Creían tener al juez en el bolsillo.
Isabella entró. Ya no era la mujer frágil del hospital. Llevaba un traje azul marino y caminaba con la cabeza alta. A su lado estaba la temible abogada Méndez y, en la galería, su padre, Roberto Vega, observaba con calma estoica. Isabella ya había dado a luz a una niña sana, Sofía, quien estaba segura bajo custodia privada.
El abogado de Lucas comenzó con su habitual diatriba sobre la pobreza de Isabella y su supuesta inestabilidad. Presentaron el video editado de Carla como prueba principal.
—Su Señoría —interrumpió la abogada Méndez, poniéndose de pie—. Antes de dictar sentencia, solicitamos presentar nuevas pruebas que han sido autenticadas por peritos forenses federales.
El juez, visiblemente incómodo, miró hacia la mesa de los Montalvo. Lucas asintió imperceptiblemente, seguro de que nada podía tocarlo.
—Adelante —dijo el juez a regañadientes.
Las pantallas de la sala se encendieron. No solo se mostró el video de seguridad que Roberto había recuperado, donde se veía claramente la agresión física de Carla y la negligencia cruel de Lucas, sino que empezaron a reproducirse audios.
Eran grabaciones del despacho de Lucas. “Una vez que le quitemos a la niña, la internaremos en una clínica pública. No quiero pagar manutención,” se escuchaba la voz nítida de Lucas. “Asegúrate de que el Capitán de policía reciba su sobre este mes, necesitamos que ignore las denuncias de Isabella,” añadía la voz de Doña Elena.
El color desapareció de los rostros de los Montalvo. El silencio en la sala era sepulcral, roto solo por los murmullos de los periodistas.
—Esto es falso, ¡es inteligencia artificial! —gritó Lucas, perdiendo la compostura.
—No, Señor Montalvo —dijo Méndez—. Los metadatos son reales. Y hay más. Tenemos registros bancarios de sobornos a funcionarios públicos, incluido personal de este mismo tribunal.
En ese momento, las puertas traseras se abrieron. La policía estatal, no la local que Lucas controlaba, entró en la sala. El oficial al mando se dirigió directamente a la mesa de los demandantes.
—Lucas Montalvo, Elena Montalvo y Carla Ruiz, quedan arrestados por conspiración, fraude, soborno y asalto agravado.
El caos estalló. Carla comenzó a llorar y a culpar a Lucas. Doña Elena amenazaba con despedir a todos. Lucas, esposado, miró a Isabella con odio puro.
—¡Esto no ha terminado! —gritó mientras se lo llevaban a rastras.
Isabella se acercó a la barandilla, mirándolo a los ojos por última vez. —Se acabó, Lucas. Sofía nunca conocerá tu crueldad.
El veredicto final llegó semanas después. Lucas fue sentenciado a diez años de prisión por fraude y violencia doméstica. Doña Elena recibió cinco años por soborno. Carla, cómplice, recibió tres años y una orden de alejamiento permanente.
Tres años después.
El sol brillaba sobre los jardines de la nueva “Fundación Sofía”. Isabella, radiante y feliz, sostenía el micrófono frente a una multitud de mujeres. A su lado, la pequeña Sofía, de tres años, jugaba con su abuelo Roberto.
Gracias a la fortuna recuperada de Roberto y la indemnización masiva pagada por la liquidación de los bienes de los Montalvo, Isabella había creado un refugio para mujeres embarazadas en situaciones de riesgo.
—Me dijeron que no valía nada —dijo Isabella a la multitud—. Me empujaron para que cayera. Pero olvidaron que cuando tocas fondo, tienes una base sólida para impulsarte hacia arriba. Hoy, ninguna mujer luchará sola.
El público estalló en aplausos. Isabella miró al cielo, agradecida. Había pasado por el fuego y había salido forjada en acero, lista para proteger a los suyos y dar voz a las que no la tenían.
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