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Tan oscuro como su alma, tan letal como su amor

Parte 1

El aire en el despacho de Lorenzo Moretti olía a tabaco caro, cuero viejo y una amenaza implícita que hacía que los pulmones de Bianca Rossi ardieran. Fuera, la ciudad dormía bajo la lluvia, pero dentro de esas paredes de mármol en Chicago, el destino de Bianca se estaba sellando con una firma de sangre. Su padre, un hombre que había jugado con dinero que no era suyo, estaba de rodillas, sollozando, mientras Lorenzo lo observaba desde su trono de sombras con la frialdad de un verdugo.

Lorenzo Moretti no era solo un hombre de negocios; era el “Capo” de la organización criminal más poderosa del norte, un hombre cuya mirada podía detener el pulso de cualquiera. Era joven, devastadoramente atractivo en una forma cruel, con hombros anchos y una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda, testimonio de una vida donde la piedad era un mito.

—Tu deuda es de diez millones, Alberto —dijo Lorenzo, su voz era un barítono bajo que vibraba en el pecho de Bianca—. No tienes el dinero. No tienes las tierras. Pero tienes algo que yo deseo.

Lorenzo se puso en pie lentamente, caminando hacia Bianca. Ella intentó mantener la barbilla en alto, aunque sus piernas temblaban bajo su vestido de seda. Él se detuvo a pocos centímetros, invadiendo su espacio personal, rodeándola con su aroma de sándalo y peligro. Sus dedos enguantados en cuero negro rozaron la mandíbula de la joven, obligándola a mirarlo a los ojos, que eran dos pozos de obsidiana.

—Ella será mi esposa —declaró Lorenzo—. El contrato se firma esta noche. Su libertad será el pago de tu vida.

Bianca sintió que el mundo se desmoronaba. Sería la propiedad de un monstruo, la joya en la corona de un criminal. Sin embargo, cuando Lorenzo la arrastró hacia la salida, ella se resistió, soltándose de su agarre con un fuego inesperado en sus ojos esmeralda.

—No soy una moneda de cambio, Moretti —escupió ella, con la voz cargada de veneno.

Lorenzo sonrió, una curva lenta y predadora que no llegó a sus ojos. Se acercó a su oído, sus labios rozando su piel, provocando un escalofrío que Bianca no pudo ocultar. —No, pequeña. Eres mucho más que eso. Eres mi obsesión desde el día en que te vi en ese jardín. Tu padre solo me dio la excusa perfecta para enjaularte.

Pero justo cuando salían de la mansión, Lorenzo se detuvo en seco. Al observar el cuello de Bianca, vio un colgante que ella llevaba oculto: una moneda de oro antiguo con un grabado que Lorenzo reconoció al instante. Su rostro se volvió pálido y sus dedos apretaron el brazo de Bianca con una fuerza dolorosa.

¿Por qué llevas el sello de los traidores que asesinaron a mi hermano? ¿Es Bianca una víctima inocente o la pieza clave de una venganza que Lorenzo no vio venir?


Parte 2

El viaje hacia la mansión de los Moretti, situada en las afueras de la ciudad y protegida por muros de tres metros de altura y guardias armados hasta los dientes, se realizó en un silencio absoluto. Bianca miraba por la ventana del Cadillac blindado, viendo cómo las luces de la civilización desaparecían para ser reemplazadas por la oscuridad del bosque. A su lado, Lorenzo era una estatua de piedra. El descubrimiento del colgante había transformado su deseo posesivo en una desconfianza letal.

—Habla —exigió Lorenzo, sin mirarla—. ¿De dónde sacaste esa moneda?

—Era de mi madre —respondió Bianca, frotándose el brazo donde Lorenzo la había sujetado—. Ella murió cuando yo era una niña. Es lo único que me dejó. No sé nada de traidores ni de tu hermano.

Lorenzo soltó un bufido de desprecio. —Tu madre era una Valenti. La familia que juró lealtad a mi padre y luego nos vendió en la masacre de Palermo. Si lo que dices es cierto, Bianca, llevas la sangre de mis peores enemigos en tus venas. Mi plan era casarme contigo para poseerte. Ahora, mi plan es mantenerte cerca para ver quién viene a rescatarte.

Al llegar a la mansión, Bianca fue conducida no a una celda, sino a una suite de lujo absoluto. Había vestidos de seda, joyas y una cama con sábanas de raso, pero la puerta se cerró con un clic electrónico que le recordó que seguía siendo una prisionera. Lorenzo entró poco después, habiéndose quitado la chaqueta y desabrochado los primeros botones de su camisa negra. Su sola presencia parecía consumir todo el oxígeno de la habitación.

—Cena conmigo —ordenó él. No era una invitación.

La cena fue un duelo psicológico. Lorenzo la observaba mientras bebía vino tinto, sus ojos analizando cada gesto, cada parpadeo de ella. —¿Crees que puedes domarme con este lujo, Lorenzo? —preguntó ella, dejando los cubiertos a un lado—. Puedes comprar mi ropa, puedes cerrar la puerta, pero nunca tendrás lo que hay dentro de mi cabeza.

—No quiero tu mente, Bianca. Quiero tu sumisión —respondió él, inclinándose sobre la mesa—. Quiero que cuando escuches mi nombre, tu cuerpo sepa a quién pertenece. La lealtad se construye con miedo, pero la pasión… la pasión se construye con fuego.

Días después, se celebró una gala en la mansión. Lorenzo quería mostrar su nueva adquisición al submundo criminal. Bianca fue obligada a vestir un traje rojo sangre, con el colgante de los Valenti ahora expuesto como una provocación. Durante la fiesta, Bianca se sintió como una presa en un nido de lobos. Hombres con manos manchadas de sangre la miraban con codicia, pero una sola mirada de Lorenzo los mantenía a raya. Él la mantenía pegada a su costado, su mano descansando en su cintura con un dominio absoluto.

—Eres hermosa cuando tienes miedo —le susurró Lorenzo mientras bailaban una pieza lenta—. Pero eres deliciosa cuando intentas pelear.

Sin embargo, la velada fue interrumpida por un ataque. Una explosión sacudió los cimientos de la mansión. Los cristales estallaron y los gritos llenaron el aire. Lorenzo reaccionó con una velocidad sobrehumana, protegiendo el cuerpo de Bianca con el suyo mientras sacaba una pistola de su cinturón.

—¡Al suelo! —rugió él.

Un grupo de hombres armados, vestidos de negro y con máscaras, irrumpió en el salón. No buscaban dinero. No buscaban a Lorenzo. Buscaban a Bianca. Uno de ellos, el líder, se detuvo frente a Lorenzo, quien estaba herido en el hombro por un fragmento de cristal.

—Entréganos a la chica, Moretti. Ella no te pertenece. Pertenece al linaje que tú intentaste destruir —dijo el hombre de la máscara.

Lorenzo se puso en pie, a pesar de la sangre que empapaba su camisa. Su mirada era la de un demonio que había encontrado algo por lo que valía la pena arder. —Nadie toca lo que es mío —dijo Lorenzo, disparando con una precisión quirúrgica.

En medio del caos, Bianca vio una oportunidad para escapar. Corrió hacia los jardines mientras el sonido de los disparos retumbaba detrás de ella. Pero al llegar a la puerta trasera, se encontró cara a cara con su padre, Alberto Rossi. Pero no era el hombre patético y deudor que ella conocía. Tenía una mirada fría y sostenía un arma.

—Ven conmigo, Bianca —dijo Alberto—. Todo esto fue un plan para entrar en la fortaleza de Moretti. Lorenzo tiene la llave de la cuenta bancaria de los Valenti, y solo tu sangre puede abrir la caja de seguridad biométrica.

Bianca se quedó paralizada. Su padre no era una víctima; era el arquitecto de su propia esclavitud. En ese momento, comprendió que estaba atrapada entre dos monstruos. Pero uno de ellos la quería como una herramienta, y el otro… el otro la deseaba con una oscuridad que empezaba a resultarle extrañamente adictiva.

Lorenzo apareció detrás de ella, cubierto de sangre enemiga, apuntando a Alberto. —Suéltala, Alberto. O te enviaré al infierno antes de que puedas pedir perdón.

—¿A quién vas a elegir, hija? —preguntó Alberto con una sonrisa cruel—. ¿Al hombre que te compró o al padre que te usó para ganar la guerra?

Bianca miró a Lorenzo. Vio el dolor en su hombro, vio la rabia en sus ojos, pero también vio una extraña vulnerabilidad que solo él le había mostrado a ella. Ella no eligió la libertad. Dio un paso hacia Lorenzo, arrebatándole el arma de la mano y apuntando a su propio padre.

—Elijo el fuego —dijo Bianca, con una voz que ya no era la de una niña inocente.

Parte 3

El estruendo del disparo de Bianca aún vibraba en las paredes del sótano de la mansión Moretti, un espacio donde el aire era espeso, cargado de humedad y el olor metálico de la sangre. Alberto Rossi no estaba muerto, pero la bala de su propia hija le había destrozado el hombro, derribándolo al suelo frío de cemento. Lorenzo Moretti, con su camisa negra empapada en sangre propia y ajena, observaba a Bianca con una mezcla de asombro y adoración oscura. La joven no soltó el arma; sus manos, antes delicadas y temblorosas, ahora sostenían el acero con una firmeza aterradora.

—Se acabó, Alberto —dijo Lorenzo, su voz era un susurro letal que cortaba el silencio—. Intentaste usar a tu propia sangre como una llave, pero olvidaste que la sangre de los Valenti es fuego, no agua.

Lorenzo hizo una señal a sus hombres. Matteo Gallo y Dante se acercaron para arrastrar a Alberto hacia las sombras de las celdas privadas. El hombre gritaba, suplicando una piedad que ya no existía en ese lugar. Bianca permaneció inmóvil, mirando el rastro de sangre en el suelo. Lorenzo se acercó a ella con pasos lentos, ignorando el dolor punzante en su propio hombro. Le quitó el arma con una suavidad casi religiosa y la tomó por el rostro, obligándola a mirarlo.

—Lo has hecho —susurró Lorenzo, sus ojos de obsidiana brillando con una intensidad nueva—. Has matado a la niña que entró aquí hace meses. ¿Te arrepientes?

Bianca levantó la vista. No había lágrimas, solo una determinación fría y cortante. —Él me vendió antes de que yo naciera, Lorenzo. No se puede arrepentir uno de cortar un vínculo que nunca fue amor, sino una cadena. Ahora, dime… ¿qué sigue para nosotros?

Lorenzo sonrió, una sonrisa que por primera vez no era una amenaza, sino una promesa. —Ahora, gobernamos.

Los meses siguientes fueron una tormenta de reestructuración y poder. La mansión Moretti dejó de ser una prisión para Bianca para convertirse en su centro de mando. Lorenzo, el hombre que una vez quiso enjaularla, descubrió que su mayor activo no eran sus armas ni sus soldados, sino la mente brillante y estratégica de su esposa. Bianca no solo aprendió el manejo de los activos de la organización; ella los multiplicó. Utilizó su conocimiento de la alta sociedad y su intuición psicológica para infiltrarse donde los hombres de Lorenzo solo podían entrar por la fuerza.

—No necesitamos más balas en los muelles, Lorenzo —le dijo Bianca una tarde, mientras revisaban los mapas financieros en el despacho—. Necesitamos controlar las licitaciones legales. Si somos dueños de la infraestructura, seremos dueños de la ciudad sin disparar un solo tiro.

Lorenzo la observaba desde su sillón de cuero, fascinado por la forma en que ella movía las piezas del tablero. —Eres mi perdición, Bianca Rossi —dijo él, levantándose para rodearla con sus brazos—. Te traje aquí para romperte, y terminaste arreglando las grietas que yo ni siquiera sabía que tenía.

—No me llames Rossi —respondió ella, girándose en sus brazos—. Ese nombre murió en el sótano. Soy una Moretti. Tu igual, no tu propiedad.

Sin embargo, el mundo de la mafia no permite la paz por mucho tiempo. Los restos de la familia Valenti, heridos y humillados, lanzaron una ofensiva final. No fue un ataque directo, sino un intento de sabotaje masivo en la frontera que puso en riesgo todo el imperio de Lorenzo. La tensión en la mansión era palpable. Los capitanes de Lorenzo dudaban; no estaban acostumbrados a seguir las órdenes de una mujer.

Fue entonces cuando Bianca demostró de qué estaba hecho su “Corazón de Obsidiana”. Convocó a una reunión de emergencia con todos los líderes de zona. Se vistió de negro absoluto, con el anillo de diamante negro brillando en su mano derecha. Entró en la sala de juntas con una autoridad que hizo que hasta los veteranos más rudos guardaran silencio.

—Escuchen bien —declaró Bianca, su voz resonando con la fuerza de un comando—. Lorenzo está en el frente asegurando las rutas. Yo estoy aquí para asegurar sus cabezas. Si alguno de ustedes piensa que esta es una oportunidad para la traición, miren hacia la celda de Alberto Rossi y pregúntense si son más fuertes que el hombre que me dio la vida y al que yo misma derribé.

El silencio fue total. Matteo Gallo, el siempre escéptico consigliere, fue el primero en inclinarse ante ella. —Estamos a sus órdenes, Señora Moretti.

La contraofensiva fue magistral. Bianca utilizó la información que había extraído de los archivos de su padre para chantajear a los aliados de los Valenti, cortando sus suministros antes de que pudieran atacar. Cuando Lorenzo regresó de la frontera, se encontró con que la guerra ya había terminado. Bianca lo esperaba en la entrada de la mansión, impecable, con un informe detallado y una copa de vino.

Lorenzo la tomó en sus brazos, besándola con una pasión que quemaba. —Me dijeron que pusiste a los capitanes de rodillas sin sacar un arma.

—Las palabras correctas cortan más profundo que los cuchillos, Lorenzo —respondió ella, abrazándolo con fuerza—. Te prometí que elegiría el fuego. Y el fuego consume todo lo que se interpone en nuestro camino.

Esa noche, subieron a la terraza más alta de su ático en la ciudad. Abajo, las luces de Chicago brillaban como joyas dispersas sobre terciopelo negro. Lorenzo sacó una pequeña caja de madera de su bolsillo. Dentro, había una nueva pieza de joyería: un collar de obsidiana tallado en forma de corazón, pero con los bordes tan afilados como una navaja.

—La obsidiana es vidrio volcánico —explicó Lorenzo mientras se lo colocaba alrededor del cuello—. Se forma cuando la lava se enfría tan rápido que no hay tiempo para que crezcan cristales. Es el resultado de un caos violento. Como nosotros.

Bianca tocó la piedra fría contra su piel. —Es hermosa. Y peligrosa.

—Como tú —susurró Lorenzo al oído de ella—. El mundo cree que soy el monstruo que te robó. Que sigan creyéndolo. Mientras ellos miran hacia mí, no verán venir el golpe que tú les darás desde las sombras.

El imperio de los Moretti se expandió como nunca antes. Alberto Rossi permaneció en su celda, un recordatorio viviente del precio de la traición, alimentado y cuidado solo para que pudiera ver, día tras día, cómo su hija se convertía en la mujer más poderosa y temida del país. Lorenzo y Bianca no tuvieron una vida de calma; su amor era una guerra constante de voluntades, una danza peligrosa sobre un hilo de seda. Pero en ese caos, encontraron la única verdad que importaba: en un mundo de mentiras, la única lealtad real es la que se forja en la oscuridad.

Lorenzo ya no era el único dueño del “Corazón de Obsidiana”. Ahora, ese corazón latía en dos pechos, unidos por un pacto de sangre, ambición y un deseo que ni el tiempo ni la muerte podrían apagar. Juntos, no solo gobernaron un imperio criminal; crearon una leyenda que los callejones susurrarían por generaciones: la historia del Rey de Hielo y la Reina de Fuego que hicieron arder el infierno para reclamar su trono.

¿Crees que un amor nacido de la oscuridad puede ser más fuerte que uno nacido de la luz? Comenta “OBSIDIANA”.

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