Parte 1
Elena Vance observaba las gotas de lluvia resbalar por el ventanal de su estudio de diseño, un espacio que alguna vez fue el refugio de sus sueños y ahora parecía una jaula de cristal. Llevaba siete años casada con Adrián Moretti, un hombre por el cual ella había sacrificado su carrera, su herencia y su relación con una familia que siempre se opuso a esa unión. Elena era la mente creativa detrás de “Eternia”, una marca de joyería que simbolizaba la promesa de un amor infinito. Sin embargo, esa noche, la promesa se rompió en mil pedazos.
Adrián no llegó a cenar. No era la primera vez, pero esta noche el silencio de la casa era diferente. A través de las redes sociales, Elena vio una fotografía que se volvió viral en cuestión de minutos: Adrián, en el aeropuerto internacional, recibiendo con un ramo de rosas blancas y un abrazo apasionado a Sofía Valenti, su primer amor, quien regresaba al país después de un largo exilio en Europa. La humillación no terminó allí. Esa misma tarde, Elena recibió una notificación legal: Adrián había transferido los derechos de representación de la marca “Eternia” a Sofía, convirtiéndola en la nueva cara y “musa” de la empresa que Elena había construido con sudor y lágrimas.
Sentada en la penumbra, Elena no gritó ni lloró. Un frío glaciar se apoderó de su pecho. Recordó los años en que defendió a Adrián frente a las críticas de su propia madre, Doña Beatriz, una mujer arrogante que nunca la consideró lo suficientemente “noble” para su hijo. Beatriz siempre había preferido a Sofía, y ahora, con el regreso de la exnovia, la conspiración familiar era evidente. Elena tomó una hoja de papel en blanco y, con una caligrafía perfecta, escribió solo cinco palabras: “Solicito el divorcio inmediato, Adrián”. No hubo drama, solo una resolución gélida. Había decidido que no pasaría un segundo más siendo la sombra de un hombre que guardaba el fantasma de otra mujer en su cama.
Sin embargo, el destino tenía un giro perverso preparado para la mañana siguiente. Justo cuando Elena se disponía a abandonar la mansión, Beatriz entró con una sonrisa triunfal, anunciando que Sofía se mudaría a la casa de invitados “por el bien de la marca”. Elena comprendió que esto no era solo una infidelidad, sino un plan orquestado para destruirla profesionalmente. Pero, ¿qué secreto ocultaba el contrato original de “Eternia” que Adrián había olvidado leer y por qué esa misma noche una llamada misteriosa desde el extranjero cambiaría las reglas del juego para siempre?
Parte 2
La mañana siguiente al anuncio de Beatriz, la mansión Moretti se convirtió en un campo de batalla psicológico. Adrián regresó al amanecer, con el olor del perfume de Sofía aún impregnado en su chaqueta. Al ver la nota de divorcio sobre la mesa de mármol, soltó una carcajada despectiva. “Elena, no seas infantil”, dijo él, mientras se servía un café con una parsimonia irritante. “Sofía es necesaria para la expansión de la empresa en Europa. Lo que viste en el aeropuerto fue solo una cortesía. No pretendas destruir siete años de matrimonio por un arranque de celos”.
Elena lo miró desde el otro lado de la sala. Ya no veía al hombre del que se enamoró, sino a un extraño manipulador. “No es celos, Adrián. Es higiene mental”, respondió ella con una voz tan suave que resultó aterradora. Adrián se negó a firmar. Para él, el divorcio significaba una división de bienes que no estaba dispuesto a enfrentar, especialmente ahora que “Eternia” estaba en su punto más alto. Lo que él no sabía es que Elena ya se había puesto en contacto con Clara, su mejor amiga y una de las abogadas más implacables de la ciudad.
Los días siguientes fueron un descenso al infierno mediático. Sofía, aprovechando su millón de seguidores en redes sociales, comenzó a publicar “vlogs” desde la casa de los Moretti, insinuando sutilmente que Elena era una esposa descuidada y que ella, Sofía, era la verdadera inspiración detrás de los nuevos diseños. La madre de Adrián, Beatriz, alimentaba el fuego organizando cenas de gala donde sentaba a Sofía al lado de Adrián, tratando a Elena como si fuera una empleada doméstica invisible. La presión social era inmensa; los trolls en internet acosaban a Elena, llamándola “la esposa amargada”.
Pero Elena no estaba derrotada; estaba recolectando pruebas. Descubrió que Sofía no solo había regresado por amor, sino porque su carrera en Europa había colapsado tras un escándalo de plagio. Además, Adrián estaba utilizando fondos de la herencia personal de Elena para financiar los caprichos de Sofía. Fue entonces cuando apareció Mateo, un amigo de la infancia de Elena y un brillante analista financiero que siempre la había amado en secreto. Mateo le proporcionó a Elena la pieza que faltaba: Adrián había falsificado la firma de Elena en los documentos de transferencia de la marca “Eternia”.
Con esta información en la mano, Elena decidió cambiar de estrategia. En lugar de esconderse, aceptó asistir a la presentación oficial de la nueva colección de joyas, un evento transmitido en vivo para todo el país. Esa noche, Sofía subió al escenario luciendo un collar de diamantes que Elena había diseñado originalmente para su propio aniversario. Beatriz y Adrián aplaudían desde la primera fila, creyendo que habían ganado.
En medio del discurso de Sofía, Elena subió al estrado. El silencio fue sepulcral. Con una elegancia que dejó a todos mudos, Elena conectó su propio teléfono a la pantalla gigante del evento. “Ya que estamos hablando de inspiración y de la marca Eternia”, dijo Elena a la cámara, “creo que el público merece saber la verdadera historia detrás de estas joyas”. En la pantalla aparecieron las grabaciones de seguridad de la oficina de Adrián, donde se le veía claramente practicando la firma de Elena, y audios de Beatriz planeando cómo expulsar a Elena de la casa para quedarse con su patrimonio.
El escándalo fue inmediato. El livestream se inundó de comentarios de indignación. Sofía intentó balbucear una excusa, pero Elena lanzó la estocada final: presentó una demanda formal por robo de propiedad intelectual y fraude financiero en vivo. En menos de una hora, las acciones de la empresa Moretti cayeron en picada. Adrián, pálido y sudoroso, intentó acercarse a Elena en el backstage, pero fue interceptado por Mateo y un equipo de seguridad.
“Se acabó, Adrián”, sentenció Elena mientras se quitaba el anillo de bodas y lo dejaba caer en una copa de champaña. “Tú te quedas con tu madre y con tu musa. Yo me quedo con mi dignidad y con lo que por derecho me pertenece”. Durante las semanas siguientes, la batalla legal fue encarnizada. Elena no solo luchó por el divorcio, sino que se aseguró de que el asistente personal de Adrián, quien había ayudado en el fraude, fuera procesado penalmente. Sofía fue obligada a pagar una indemnización millonaria por difamación y uso indebido de diseños protegidos.
Beatriz, la suegra que tanto la había despreciado, vio cómo su estatus social se desvanecía cuando el club de la alta sociedad la expulsó tras hacerse públicos sus audios tóxicos. La mujer que antes caminaba con la cabeza en alto ahora se escondía de los fotógrafos. Elena, por su parte, empezó a recuperar su esencia. Volvió a dibujar, pero esta vez sus joyas no hablaban de amor eterno hacia otros, sino de la fuerza interior y la resiliencia. El público, que antes la criticaba, ahora la veía como un icono de empoderamiento femenino.
Adrián intentó desesperadamente buscar una reconciliación cuando se dio cuenta de que sin el talento de Elena, “Eternia” no era nada más que metal vacío. Le envió flores, le escribió cartas de arrepentimiento, alegando que Sofía lo había “hechizado”. Elena ni siquiera abrió los sobres. Ella ya estaba mirando hacia un horizonte mucho más amplio, un lugar donde el aire fuera puro y los recuerdos del matrimonio no fueran más que una cicatriz que ya no dolía.
Parte 3
El estruendo del disparo de Bianca aún vibraba en las paredes del sótano de la mansión Moretti, un espacio donde el aire era espeso, cargado de humedad y el olor metálico de la sangre. Alberto Rossi no estaba muerto, pero la bala de su propia hija le había destrozado el hombro, derribándolo al suelo frío de cemento. Lorenzo Moretti, con su camisa negra empapada en sangre propia y ajena, observaba a Bianca con una mezcla de asombro y adoración oscura. La joven no soltó el arma; sus manos, antes delicadas y temblorosas, ahora sostenían el acero con una firmeza aterradora.
—Se acabó, Alberto —dijo Lorenzo, su voz era un susurro letal que cortaba el silencio—. Intentaste usar a tu propia sangre como una llave, pero olvidaste que la sangre de los Valenti es fuego, no agua.
Lorenzo hizo una señal a sus hombres. Matteo Gallo y Dante se acercaron para arrastrar a Alberto hacia las sombras de las celdas privadas. El hombre gritaba, suplicando una piedad que ya no existía en ese lugar. Bianca permaneció inmóvil, mirando el rastro de sangre en el suelo. Lorenzo se acercó a ella con pasos lentos, ignorando el dolor punzante en su propio hombro. Le quitó el arma con una suavidad casi religiosa y la tomó por el rostro, obligándola a mirarlo.
—Lo has hecho —susurró Lorenzo, sus ojos de obsidiana brillando con una intensidad nueva—. Has matado a la niña que entró aquí hace meses. ¿Te arrepientes?
Bianca levantó la vista. No había lágrimas, solo una determinación fría y cortante.
—Él me vendió antes de que yo naciera, Lorenzo. No se puede arrepentir uno de cortar un vínculo que nunca fue amor, sino una cadena. Ahora, dime… ¿qué sigue para nosotros?
Lorenzo sonrió, una sonrisa que por primera vez no era una amenaza, sino una promesa.
—Ahora, gobernamos.
Los meses siguientes fueron una tormenta de reestructuración y poder. La mansión Moretti dejó de ser una prisión para Bianca para convertirse en su centro de mando. Lorenzo, el hombre que una vez quiso enjaularla, descubrió que su mayor activo no eran sus armas ni sus soldados, sino la mente brillante y estratégica de su esposa. Bianca no solo aprendió el manejo de los activos de la organización; ella los multiplicó. Utilizó su conocimiento de la alta sociedad y su intuición psicológica para infiltrarse donde los hombres de Lorenzo solo podían entrar por la fuerza.
—No necesitamos más balas en los muelles, Lorenzo —le dijo Bianca una tarde, mientras revisaban los mapas financieros en el despacho—. Necesitamos controlar las licitaciones legales. Si somos dueños de la infraestructura, seremos dueños de la ciudad sin disparar un solo tiro.
Lorenzo la observaba desde su sillón de cuero, fascinado por la forma en que ella movía las piezas del tablero.
—Eres mi perdición, Bianca Rossi —dijo él, levantándose para rodearla con sus brazos—. Te traje aquí para romperte, y terminaste arreglando las grietas que yo ni siquiera sabía que tenía.
—No me llames Rossi —respondió ella, girándose en sus brazos—. Ese nombre murió en el sótano. Soy una Moretti. Tu igual, no tu propiedad.
Sin embargo, el mundo de la mafia no permite la paz por mucho tiempo. Los restos de la familia Valenti, heridos y humillados, lanzaron una ofensiva final. No fue un ataque directo, sino un intento de sabotaje masivo en la frontera que puso en riesgo todo el imperio de Lorenzo. La tensión en la mansión era palpable. Los capitanes de Lorenzo dudaban; no estaban acostumbrados a seguir las órdenes de una mujer.
Fue entonces cuando Bianca demostró de qué estaba hecho su “Corazón de Obsidiana”. Convocó a una reunión de emergencia con todos los líderes de zona. Se vistió de negro absoluto, con el anillo de diamante negro brillando en su mano derecha. Entró en la sala de juntas con una autoridad que hizo que hasta los veteranos más rudos guardaran silencio.
—Escuchen bien —declaró Bianca, su voz resonando con la fuerza de un comando—. Lorenzo está en el frente asegurando las rutas. Yo estoy aquí para asegurar sus cabezas. Si alguno de ustedes piensa que esta es una oportunidad para la traición, miren hacia la celda de Alberto Rossi y pregúntense si son más fuertes que el hombre que me dio la vida y al que yo misma derribé.
El silencio fue total. Matteo Gallo, el siempre escéptico consigliere, fue el primero en inclinarse ante ella.
—Estamos a sus órdenes, Señora Moretti.
La contraofensiva fue magistral. Bianca utilizó la información que había extraído de los archivos de su padre para chantajear a los aliados de los Valenti, cortando sus suministros antes de que pudieran atacar. Cuando Lorenzo regresó de la frontera, se encontró con que la guerra ya había terminado. Bianca lo esperaba en la entrada de la mansión, impecable, con un informe detallado y una copa de vino.
Lorenzo la tomó en sus brazos, besándola con una pasión que quemaba.
—Me dijeron que pusiste a los capitanes de rodillas sin sacar un arma.
—Las palabras correctas cortan más profundo que los cuchillos, Lorenzo —respondió ella, abrazándolo con fuerza—. Te prometí que elegiría el fuego. Y el fuego consume todo lo que se interpone en nuestro camino.
Esa noche, subieron a la terraza más alta de su ático en la ciudad. Abajo, las luces de Chicago brillaban como joyas dispersas sobre terciopelo negro. Lorenzo sacó una pequeña caja de madera de su bolsillo. Dentro, había una nueva pieza de joyería: un collar de obsidiana tallado en forma de corazón, pero con los bordes tan afilados como una navaja.
—La obsidiana es vidrio volcánico —explicó Lorenzo mientras se lo colocaba alrededor del cuello—. Se forma cuando la lava se enfría tan rápido que no hay tiempo para que crezcan cristales. Es el resultado de un caos violento. Como nosotros.
Bianca tocó la piedra fría contra su piel.
—Es hermosa. Y peligrosa.
—Como tú —susurró Lorenzo al oído de ella—. El mundo cree que soy el monstruo que te robó. Que sigan creyéndolo. Mientras ellos miran hacia mí, no verán venir el golpe que tú les darás desde las sombras.
El imperio de los Moretti se expandió como nunca antes. Alberto Rossi permaneció en su celda, un recordatorio viviente del precio de la traición, alimentado y cuidado solo para que pudiera ver, día tras día, cómo su hija se convertía en la mujer más poderosa y temida del país. Lorenzo y Bianca no tuvieron una vida de calma; su amor era una guerra constante de voluntades, una danza peligrosa sobre un hilo de seda. Pero en ese caos, encontraron la única verdad que importaba: en un mundo de mentiras, la única lealtad real es la que se forja en la oscuridad.
Lorenzo ya no era el único dueño del “Corazón de Obsidiana”. Ahora, ese corazón latía en dos pechos, unidos por un pacto de sangre, ambición y un deseo que ni el tiempo ni la muerte podrían apagar. Juntos, no solo gobernaron un imperio criminal; crearon una leyenda que los callejones susurrarían por generaciones: la historia del Rey de Hielo y la Reina de Fuego que hicieron arder el infierno para reclamar su trono.