Parte 1: El Mensaje del Más Allá
La lluvia en Londres tiene una forma particular de calar hasta los huesos, pero ese martes, el frío que sentía Elena no provenía del clima. Estaba de pie frente al agujero oscuro en la tierra, viendo cómo el ataúd de caoba brillante descendía lentamente. Dentro, supuestamente, yacía Arthur, su esposo durante treinta años. Un infarto fulminante, habían dicho los médicos. Todo había sido rápido, aséptico y devastador.
A su lado estaban sus dos hijos, Lucas y Sofía. Lucas, el mayor, sostenía un paraguas negro sobre la cabeza de su madre con una mano, mientras con la otra ajustaba nerviosamente su reloj de oro, el mismo que Arthur había llevado hasta el día de su muerte. Sofía, con sus gafas de sol oscuras incluso bajo la tormenta, sollozaba ruidosamente. Demasiado ruidosamente, pensó Elena con una punzada de culpa por juzgar el dolor de su hija.
El sacerdote murmuraba las últimas oraciones cuando el bolso de Elena vibró contra su cadera. Lo ignoró. Vibró de nuevo. Una insistencia urgente, casi desesperada. Disimuladamente, sacó el teléfono, esperando ver un mensaje de condolencias.
La pantalla se iluminó y el mundo de Elena se detuvo. El remitente era “Arthur”.
Sus dedos temblaron tanto que casi deja caer el dispositivo al barro. El mensaje era breve: “No estoy en el ataúd. Sigo vivo. No reacciones. Ellos nos están mirando.”
Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Alzó la vista bruscamente hacia el ataúd que ya estaba casi cubierto de tierra. Luego miró a sus hijos. Lucas miraba la tumba con una expresión impasible, casi aburrida. Sofía había dejado de llorar repentinamente y estaba escribiendo algo en su propio teléfono.
Un segundo mensaje entró: “No confíes en los niños. Ve al estudio en cuanto llegues a casa. Libro rojo. Página 40.”
—¿Mamá? ¿Estás bien? Estás pálida —preguntó Lucas, inclinándose hacia ella. Su tono era solícito, pero sus ojos escrutaban la pantalla del teléfono que Elena apretaba contra su pecho.
—Es… solo el dolor, Lucas —mintió Elena, guardando el móvil rápidamente—. Vámonos. No quiero ver cómo lo cubren.
El viaje de regreso a la mansión familiar fue un suplicio de silencio. Elena miraba por la ventana, pero su mente estaba en el ataúd vacío. Si Arthur estaba vivo, ¿quién estaba allí abajo? Y lo más aterrador: si Arthur tenía razón, ¿por qué sus propios hijos eran el enemigo? Al entrar en la casa, la atmósfera cambió. Ya no era un hogar de duelo, sino una jaula de leones. Lucas se sirvió un whisky y Sofía preguntó inmediatamente: “¿Cuándo viene el notario para la lectura del testamento?”.
Elena subió las escaleras sintiendo la mirada de sus hijos clavada en su nuca, sabiendo que al abrir ese libro rojo, su vida tal como la conocía terminaría para siempre. ¿Qué verdad atroz había descubierto Arthur para tener que fingir su propia muerte?
Parte 2: La Conspiración de la Sangre
Elena cerró la puerta de la biblioteca con el pestillo, algo que nunca hacía. Su corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo en sus oídos. La mansión, habitualmente un refugio de calidez y recuerdos, se sentía ahora como un escenario de crimen donde ella era la próxima víctima. Se dirigió a la estantería de caoba donde Arthur guardaba su colección de primeras ediciones. Allí estaba: el libro rojo, una vieja edición de El Conde de Montecristo.
Con manos temblorosas, abrió la página 40. No había nada escrito, pero al palpar el papel, notó un grosor inusual. Con una uña, separó con cuidado las dos hojas pegadas. Dentro había una pequeña tarjeta de memoria SD y una nota manuscrita con la caligrafía inconfundible de Arthur: “Escúchalo con auriculares. No dejes que te vean. Sal de la casa a medianoche. Te espero en el viejo almacén del puerto, muelle 4.”
Elena insertó la tarjeta en su portátil, asegurándose de silenciar los altavoces y conectar sus auriculares. Lo que escuchó a continuación hizo que las lágrimas brotaran de sus ojos, no de tristeza, sino de horror puro.
Era una grabación de audio. La voz de Lucas y Sofía se escuchaba nítida. Parecía haber sido grabada en el comedor hace unas semanas, cuando Arthur ya estaba “enfermo”.
—El viejo no se muere, Sofía —decía la voz de Lucas, llena de impaciencia—. El arsénico en pequeñas dosis está tardando demasiado. Los médicos están empezando a hacer preguntas sobre sus riñones. —Sube la dosis, idiota —respondió Sofía con una frialdad que heló la sangre de Elena—. Si no muere antes de fin de mes, cambiará el testamento. Lo escuché hablando con el abogado sobre donar todo a esa fundación benéfica. Necesitamos la liquidez de la empresa ya. Tengo deudas que no pueden esperar. —¿Y mamá? —preguntó Lucas. —Ella no sospechará nada. Es una ingenua. Una vez que papá no esté, la convenceremos de que venda la casa y la internaremos en una residencia de lujo. Ella firma lo que sea que le pongamos delante.
Elena se arrancó los auriculares, sintiendo náuseas. Sus hijos, a los que había acunado, educado y amado, no solo eran asesinos en potencia, sino que llevaban meses envenenando a su padre. Arthur lo había descubierto. Arthur sabía que lo estaban matando y, de alguna manera, había orquestado esto para salvarse y salvarla a ella.
Miró el reloj. Eran las 11:00 PM. Tenía que salir.
Bajó las escaleras con sigilo. El salón estaba en penumbra. Lucas y Sofía estaban sentados en los sofás, hablando en voz baja con el abogado de la familia, el señor Blackwood. Al verla bajar, se callaron al instante.
—Mamá, ¿a dónde vas a estas horas? —preguntó Sofía, levantándose. Su tono era una mezcla de preocupación fingida y control autoritario.
—Necesito aire —dijo Elena, esforzándose por mantener la voz firme—. Iré al jardín. No puedo dormir.
—Te acompaño —dijo Lucas, dejando su copa.
—¡No! —gritó Elena, demasiado rápido. Se corrigió al instante, bajando el tono—. No, hijo. Necesito estar sola. Por favor. Respetad eso.
Lucas y Sofía intercambiaron una mirada indescifrable, pero el abogado intervino: —Déjenla, muchachos. Es una noche difícil.
Elena salió al jardín, caminó hasta la verja trasera que daba al callejón de servicio y echó a correr. No tomó su coche; sabía que Lucas tenía rastreadores en todos los vehículos de la familia por “seguridad”. Pidió un taxi en la avenida principal, asegurándose de que nadie la siguiera.
El puerto estaba desierto y envuelto en niebla. El muelle 4 era una zona industrial abandonada donde la empresa de Arthur solía guardar maquinaria antigua. Elena caminó entre las sombras, con el miedo atenazando su garganta.
—¿Arthur? —susurró.
Una figura salió de detrás de un contenedor oxidado. Llevaba una gorra y ropa de obrero, pero era él. Estaba más delgado, pálido, pero vivo. Elena corrió hacia él y lo abrazó, palpando su espalda, sus brazos, confirmando que no era un fantasma.
—¿Cómo? ¿Cómo es posible? —lloró ella—. Te vi en la morgue. Estabas frío.
—Tetrodotoxina —susurró Arthur, acariciando su cabello—. Un veneno que simula la muerte. Ralentiza el corazón hasta que es imperceptible. Tuve ayuda de un médico privado, un viejo amigo que me debía la vida. El forense también estaba pagado. En el ataúd hay sacos de arena, Elena. Tuve que hacerlo. Tenía que desaparecer para que ellos se confiaran.
—Lo sé todo —dijo Elena, separándose—. Escuché la grabación. Nos quieren robar todo. Querían matarte.
—No solo robar, Elena. Están arruinados. Lucas ha malversado fondos de la empresa y Sofía debe millones a gente peligrosa. Mi muerte era su cheque de rescate. Pero ahora tenemos un problema mayor.
Arthur la miró con gravedad. —Para meterlos en la cárcel por intento de asesinato y fraude, necesitamos que confiesen. La grabación que encontraste es buena, pero ilegal; un juez podría desestimarla. Necesitamos que admitan lo que hicieron pensando que ya ganaron.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Elena, sintiendo que la ira reemplazaba al miedo.
—Vamos a volver a casa —dijo Arthur, con una mirada de acero—. Yo seguiré “muerto” unas horas más. Tú vas a citarlos en el despacho. Les vas a decir que sabes que hay algo raro en las cuentas. Les vas a presionar. Ellos, en su arrogancia, creerán que eres débil y hablarán. Y yo estaré escuchando.
En ese momento, el teléfono de Elena vibró. Era un mensaje de Lucas: “Mamá, no estás en el jardín. El GPS de tu móvil dice que vas al puerto. Vamos a buscarte. No hagas tonterías.”
Arthur leyó el mensaje y maldijo. —Se me olvidó que rastrean tu teléfono también. Vienen hacia aquí.
—¿Huimos? —preguntó Elena.
—No —dijo Arthur, sacando una pistola de su cinturón, algo que Elena jamás le había visto—. Ya no vamos a huir. Vamos a terminar con esto esta noche. Escóndete. Cuando lleguen, quiero que vean que estás sola. Tienen que creer que estás acorralada.
Minutos después, los faros de un coche de lujo cortaron la oscuridad del muelle. Lucas y Sofía bajaron del vehículo. Ya no fingían tristeza. Lucas llevaba una llave de cruz en la mano; Sofía, una mirada de odio puro.
—Mamá, sal de ahí —gritó Lucas—. Deja de jugar. Firma los papeles de la herencia y todo esto terminará.
Elena salió de las sombras, sola, temblando por el frío y la adrenalina. —¿Y si no firmo? —desafió ella—. ¿Me haréis lo mismo que a vuestro padre? ¿Más veneno?
Sofía rió, un sonido seco y cruel. —Oh, mamá. Papá fue fácil. Era viejo y confiado. Tú eres solo un trámite. Si no firmas, bueno… un atraco en el puerto puede salir muy mal. Nadie se sorprendería si una viuda desequilibrada termina en el agua.
—¿Admitís que lo matasteis? —preguntó Elena, retrocediendo hasta quedar contra el contenedor donde Arthur se ocultaba.
—Lo aceleramos —corrigió Lucas, acercándose amenazadoramente con la herramienta de metal—. Le hicimos un favor. Y empiece los trámites para liquidar la empresa. Vamos a donarlo todo.
—¿Todo, señor?
—Todo —confirmó Elena—. No queremos ese dinero manchado. Empezaremos de cero.
Arthur abrazó a Elena, besando su frente. —Siento haberte hecho pasar por el funeral, querida. Siento haber tenido que mentir.
—Me devolviste la vida, Arthur —respondió ella—. Perdimos a nuestros hijos, pero nos recuperamos a nosotros mismos. Y sobre todo, recuperamos la verdad.
Caminaron hacia el coche de policía que los llevaría a comisaría para dar declaración, dejando atrás el muelle oscuro. Ya no eran los ricos y envidiados dueños de un imperio; eran dos padres con el corazón roto, pero libres de la mentira que había infectado su hogar. Al día siguiente, el sol saldría sobre una casa vacía, pero limpia. Y eso, pensó Elena mientras apretaba la mano cálida y viva de su esposo, era suficiente.
¿Tú perdonarías a tus hijos por dinero o harías lo mismo que Elena? ¡Cuéntalo! ahora te lo haremos a ti. Danos el teléfono y firma.
Estaban a tres metros de ella. Elena cerró los ojos, esperando el golpe.
Parte 3: La Resurrección de la Verdad
El sonido metálico de la llave de cruz golpeando contra la palma de la mano de Lucas resonaba en el silencio del muelle como la cuenta atrás de una ejecución. Sofía, con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia, observaba la escena como quien mira una obra de teatro aburrida.
—Última oportunidad, mamá —dijo Lucas, dando un paso más—. Firma la cesión de poderes ahora y te dejaremos ir a una clínica en Suiza. Te trataremos bien. Solo queremos el dinero. El viejo ya no lo necesitaba.
Elena respiró hondo, mirando a los ojos de los monstruos que había traído al mundo. —Nunca tendréis ese dinero. Sé lo del arsénico. Sé lo de las deudas. Sois una vergüenza para el apellido de vuestro padre.
La cara de Lucas se contorsionó de ira. —¡Cállate! ¡El viejo era un tacaño que no entendía los negocios modernos! ¡Merecía morir! Y tú… tú eres un estorbo.
Lucas levantó el brazo armado con la llave de cruz, dispuesto a golpear a su propia madre. Elena no se movió, pero su mirada se desvió hacia la sombra detrás de su hijo.
—No creo que él opine lo mismo —dijo Elena con voz firme.
Antes de que Lucas pudiera procesar las palabras o bajar el brazo, una figura salió de la oscuridad con la velocidad de un rayo. Arthur golpeó la muñeca de Lucas con la culata de su pistola, haciendo que la llave de cruz cayera al suelo con un estrépito metálico. Lucas gritó de dolor y retrocedió, tropezando con sus propios pies.
—¡Papá! —El grito de Sofía fue una mezcla de terror sobrenatural e histeria. Se llevó las manos a la boca, retrocediendo hasta chocar contra el coche. Su rostro perdió todo color, pareciendo ella el cadáver.
Lucas, agarrándose la muñeca rota, miraba a su padre con los ojos desorbitados, como si estuviera viendo al diablo. —Imposible… te vi… te vi en la caja… estabas gris… —balbuceó, hiperventilando.
Arthur se paró junto a Elena, apuntando con el arma al suelo, pero con una autoridad que emanaba de cada poro. Parecía más grande, más fuerte y más peligroso que nunca. —La codicia os cegó, hijos míos. Estabais tan ansiosos por verme muerto que no comprobasteis si mi corazón realmente había dejado de latir. Confiasteis en un médico corrupto que, afortunadamente para mí, era más leal a mi dinero que a vuestras promesas vacías.
—Pero… confesasteis —dijo Elena, mirando a sus hijos—. Lucas, acabas de decir que merecía morir. Sofía, has admitido que fue fácil.
—¡Es una trampa! —chilló Sofía, recuperando un poco de su compostura venenosa—. ¡No tenéis pruebas! Es vuestra palabra contra la nuestra. Diremos que papá fingió su muerte y nos amenazó. ¡Nadie os creerá!
En ese momento, las sirenas comenzaron a aullar. No a lo lejos, sino muy cerca. De detrás de los otros contenedores y almacenes, luces azules y rojas inundaron el muelle, cegando a Lucas y Sofía. Varios coches de policía y una furgoneta táctica bloquearon la salida.
El Inspector Jefe Miller salió de uno de los vehículos, acompañado por el abogado de la familia, el señor Blackwood, quien miraba a los hijos con decepción absoluta.
—Tienen pruebas de sobra —dijo Arthur con calma—. Llevo un micrófono, Sofía. Y el Inspector Miller ha estado escuchando toda la conversación desde la furgoneta. Vuestra confesión de asesinato, el intento de agresión a vuestra madre, el fraude… todo está grabado. Esta vez, legalmente.
Lucas cayó de rodillas, derrotado, llorando no por arrepentimiento, sino por la magnitud de su fracaso. Sofía intentó correr hacia el coche, pero dos agentes la interceptaron y la esposaron contra el capó.
—¡Mamá! ¡Diles algo! —gritó Sofía mientras le leían sus derechos—. ¡Soy tu hija! ¡No puedes dejar que nos lleven! ¡Fue idea de Lucas!
Elena miró a su hija, la niña a la que había trenzado el cabello, la mujer que había planeado su muerte y la de su esposo por un puñado de billetes. Sintió que su corazón se rompía en mil pedazos, pero su voz no tembló.
—No tengo hijos —dijo Elena suavemente, apoyándose en el brazo de Arthur—. Mis hijos murieron el día que decidieron que el dinero valía más que la vida de sus padres.
Los policías metieron a Lucas y Sofía en los coches patrulla. Arthur y Elena se quedaron de pie en el muelle, bajo la llovizna que empezaba a caer de nuevo, viendo cómo las luces azules se alejaban llevándose los restos de su familia.
El abogado se acercó a ellos. —Señor y señora… lamento que haya tenido que terminar así. Me encargaré de que el proceso sea rápido. Con las grabaciones, pasarán el resto de sus vidas en prisión.
—Hágalo, Blackwood —dijo Arthur, guardando el arma—. Y empiece los trámites para liquidar la empresa. Vamos a donarlo todo.
—¿Todo, señor?
—Todo —confirmó Elena—. No queremos ese dinero manchado. Empezaremos de cero.
Arthur abrazó a Elena, besando su frente. —Siento haberte hecho pasar por el funeral, querida. Siento haber tenido que mentir.
—Me devolviste la vida, Arthur —respondió ella—. Perdimos a nuestros hijos, pero nos recuperamos a nosotros mismos. Y sobre todo, recuperamos la verdad.
Caminaron hacia el coche de policía que los llevaría a comisaría para dar declaración, dejando atrás el muelle oscuro. Ya no eran los ricos y envidiados dueños de un imperio; eran dos padres con el corazón roto, pero libres de la mentira que había infectado su hogar. Al día siguiente, el sol saldría sobre una casa vacía, pero limpia. Y eso, pensó Elena mientras apretaba la mano cálida y viva de su esposo, era suficiente.
¿Tú perdonarías a tus hijos por dinero o harías lo mismo que Elena? ¡Cuéntalo!