Elena Marlowe no esperaba que un seminario de filosofía trastocara su comprensión de la justicia, pero el profesor Callum Reeves tenía fama de llevar a los estudiantes más allá de los límites seguros del razonamiento moral. El primer día de su curso en la Universidad de Northbridge, presentó un escenario que enmudeció la sala: un tranvía averiado que se dirigía a toda velocidad hacia cinco trabajadores del ferrocarril. Un solo cambio de vía podría desviarlo a otra vía donde un hombre permanecía inconsciente. ¿Quién debería vivir? ¿Quién debería morir? ¿Y quién decide?
Elena, estudiante de tercer año de sociología, sintió la pregunta clavarse en su mente. Había crecido creyendo que las buenas intenciones guiaban las decisiones morales. Sin embargo, allí estaba, enfrentada a una decisión donde cada opción causa daño. Al otro lado de la sala, su compañero de clase y rival en el debate, Marcus Hale, levantó la mano con seguridad.
“Si podemos salvar más vidas”, argumentó, “las matemáticas hacen que la respuesta sea obvia”.
El profesor Reeves asintió, pero replicó rápidamente: “¿Y qué hay de la dignidad del sacrificado? ¿Acaso las personas son simplemente números para optimizar?”.
El debate se intensificó, entrelazando el utilitarismo, el deber, los derechos y la responsabilidad. Elena notó que incluso los estudiantes más asertivos comenzaban a dudar a medida que la complejidad se profundizaba. Reeves presentó entonces un caso real: Regina contra Morland y Pierce, una tragedia marítima centenaria en la que dos marineros varados mataron a un grumete debilitado para sobrevivir. ¿Su decisión fue un asesinato o un lúgubre cálculo de necesidad?
Esa noche, Elena no podía librarse de la tensión no resuelta. Marcus le envió un mensaje preguntándole si quería unirse a un grupo de estudio. A regañadientes, aceptó. Se encontraron en la antigua biblioteca del campus, rodeados de estanterías imponentes y un ligero olor a polvo. Su conversación derivó de dilemas morales a valores personales, revelando sorprendentes coincidencias en sus pensamientos.
Pero mientras recogían, Marcus mencionó algo más.
El profesor Reeves insinuó hoy que la semana que viene nos mostrará un expediente real… uno que la universidad no ha debatido públicamente. Algo que involucra a un exalumno y una tragedia sin resolver cerca de la antigua vía del tren.
Elena se quedó paralizada.
¿Qué clase de tragedia?
Marcus bajó la voz.
No lo dijo. Solo que las cuestiones éticas que contiene harán que el dilema del tranvía parezca un preludio.
Elena sintió un escalofrío al ver parpadear las luces de la biblioteca. ¿Por qué una universidad ocultaría un caso? ¿Y qué conexión tenía Reeves con él?
El siguiente seminario prometía respuestas, pero también planteaba una pregunta aterradora: ¿Qué ocurrió exactamente en esa vía del tren y por qué el profesor Reeves los involucró?
PARTE 2
El lunes siguiente, el aula del seminario bullía de inquieta anticipación. El profesor Reeves entró con una carpeta de cuero desgastada, con los bordes deshilachados y el cierre desgastado por el tiempo. Sin decir palabra, la colocó en el centro de su escritorio y observó a la clase.
«Hoy», comenzó, «vamos más allá de las hipótesis».
Abrió la carpeta, revelando informes fotocopiados, fotografías descoloridas y notas manuscritas. «Este es el caso de Samuel Trent, un estudiante de ingeniería de Northbridge que murió hace doce años cerca del empalme ferroviario de Eastvale, el mismo sistema de vías utilizado en los experimentos con tranvías décadas atrás».
Elena se inclinó hacia delante, con el pulso acelerado.
Reeves continuó: «Las autoridades dictaminaron que fue un accidente. Un carro de mantenimiento desbocado lo golpeó durante una prueba de sistemas a altas horas de la noche. Pero persisten tres inconsistencias: una, las barreras de seguridad se desactivaron manualmente; dos, los registros de la prueba fueron alterados; tres, Samuel había discutido con dos compañeros horas antes de su muerte sobre un proyecto que involucraba algoritmos de cambio de vía automatizado».
Marcus susurró: «Alguien podría haber usado el cambio de vía intencionalmente».
Reeves asintió. «Exactamente la pregunta que hicieron los investigadores, pero carecían de pruebas concluyentes. El caso se desvaneció silenciosamente».
Mientras la clase examinaba los documentos, Elena sintió un nudo en el estómago. La escritura en los márgenes —presumiblemente de los investigadores originales— planteaba preguntas inquietantes: «¿Por qué se requiere la anulación?» «¿Quién se benefició del fallo de la simulación?» «¿Falta un segmento del archivo de datos del cambio?».
Reeves asignó equipos para analizar diferentes componentes. Elena y Marcus recibieron el testimonio de los dos compañeros de clase con los que Samuel había discutido: Julian Carr y Dana Whitford. Ambos insistieron en que Samuel había calibrado mal el algoritmo y que el proyecto se había vuelto demasiado estresante para él. Sin embargo, sus declaraciones parecían ensayadas; la redacción exacta era inquietantemente similar.
Horas después, Elena se encontró mirando el último correo electrónico de Samuel, escrito minutos antes de su muerte:
“Si el sistema cambia mientras el carro está en movimiento, alguien lo cambió intencionalmente. Revisen el historial de anulaciones. No confíen en los registros; no están completos”.
Lo leyó tres veces; un escalofrío le recorrió la espalda.
Marcus se acercaba. “Elena… mira esto”. Le mostró una fotografía tomada en el lugar de los hechos. En una esquina, apenas visible, se veía la silueta de una persona que se alejaba. Los investigadores la habían rodeado, pero nunca la identificaron.
“¿Podría ser Julian? ¿O Dana?”, preguntó Elena.
Pero Marcus dudó. “Hay otra posibilidad”.
Antes de que pudiera decir más, el profesor Reeves apareció detrás de ellos. Cerró la carpeta con suavidad pero firmeza.
—Este caso no solo nos enseña filosofía moral —dijo en voz baja—, sino también las consecuencias de la ambición intelectual sin fundamento ético. Mañana hablaremos de interpretaciones.
Su tono tenía un tono definitivo, casi protector.
Cuando se alejó, Marcus susurró: —¿Por qué cerró la carpeta así? ¿Sabe más de lo que nos dice?
Esa noche, Elena lo revivió todo. La advertencia de Samuel. Los registros alterados. La silueta. La evasiva de Reeves.
Una inquietante sospecha se apoderó de su mente: ¿Y si la persona en la que Samuel no confiaba… hubiera sido alguien del profesorado? ¿Alguien que aún estuviera allí?
Pero si era así, ¿por qué reabrir el caso ahora? ¿Y por qué involucrar a los estudiantes?
Cuanto más investigaba Elena, más se transformaba el dilema del carrito, de un rompecabezas de aula a un laberinto moral del mundo real, uno donde la verdad podía devastar reputaciones, carreras e incluso vidas. Y, por debajo de todo, persiste una pregunta: ¿Hasta dónde llegaría alguien para proteger los hechos enterrados en esa vía férrea?