Parte 1: La Caída en el Mármol Frío
El sonido de mi propia columna vertebral golpeando el suelo de mármol resonó más fuerte que un disparo.
El dolor no fue inmediato. Primero vino el frío. Un frío absoluto, paralizante, que se filtró a través de mi camisón de seda y mordió mi piel. Luego, el mundo giró violentamente. Mi silla de ruedas, esa maldita prisión de metal y cuero a la que la placenta previa me había encadenado durante los últimos dos meses, yacía volcada a mi lado, con una rueda girando perezosamente en el aire.
—Ups. Parece que has perdido el equilibrio, amor mío —dijo una voz desde las alturas.
Alcé la vista, luchando contra las náuseas. Lucas, mi esposo, me miraba desde arriba. No había preocupación en su rostro esculpido, ni siquiera lástima. Solo una mueca de disgusto, como si yo fuera una mancha de vino tinto en su alfombra persa inmaculada. Su traje italiano estaba impecable; sus zapatos de cuero brillaban bajo la lámpara de araña.
Intenté moverme, pero mi vientre de ocho meses, tenso y pesado como una piedra, me anclaba al suelo. Sentí una punzada aguda, caliente y aterradora en el bajo vientre. —Lucas… por favor… el bebé —gimí, extendiendo una mano temblorosa hacia él.
Él no la tomó. En su lugar, dio un paso atrás, dejando espacio para que otra figura entrara en mi campo de visión. Era una mujer joven, rubia, con un abrigo de piel que probablemente costaba más que mi tratamiento médico. Elena. La había visto en las fiestas de la empresa, siempre sonriendo, siempre cerca.
—Te dije que era patética, Elena —dijo Lucas, rodeando la cintura de la mujer con posesión—. Mírala. Es una carga. Una vaca inútil que ni siquiera puede caminar.
Elena se llevó una mano a la boca, sus ojos muy abiertos. Parecía horrorizada, pero no se movió para ayudarme. El miedo a Lucas era más fuerte que su empatía.
—Vámonos —ordenó Lucas, pasando literalmente por encima de mis piernas estiradas. Su suela rozó mi espinilla, un contacto deliberado y humillante—. Déjala ahí. Si tiene suerte, se arrastrará hasta el teléfono. Si tenemos suerte nosotros… bueno, la naturaleza seguirá su curso.
El portazo retumbó en la mansión vacía. El silencio que siguió fue peor que los gritos. Estaba sola. El dolor en mi vientre se transformó en contracciones rítmicas, agonizantes. Podía oler mi propio miedo, un aroma agrio que se mezclaba con la cera del suelo. Cada centímetro de mi cuerpo gritaba, pero mi mente estaba atrapada en la crueldad de sus ojos. No solo quería dejarme; quería destruirme. Quería que yo, y mi hija no nacida, dejáramos de existir para que él pudiera cobrar, gastar y vivir sin testigos.
Cerré los ojos, sintiendo cómo la oscuridad amenazaba con tragarme. Iba a morir aquí, en el suelo frío de la casa que pagué con mi herencia. Pero entonces, a través de la bruma del dolor, escuché algo. No era el silencio de la muerte. Era un ruido mecánico, potente, acercándose a la entrada principal.
¿Qué sonido atronador, similar al rugido de una bestia de guerra, estaba a punto de destrozar la puerta principal y cambiar el destino de esta noche sangrienta?
Parte 2: La Furia del Centurión
La puerta de roble macizo no se abrió; explotó hacia adentro. Astillas de madera volaron por el vestíbulo como metralla. A través del polvo, una silueta imponente emergió contra la luz de los faros de un Hummer militar aparcado en el jardín delantero.
Era Dante. Mi hermano mayor. Se suponía que estaba desplegado en una misión encubierta en Oriente Medio, incomunicado durante seis meses más. Pero allí estaba, todavía con su uniforme de combate manchado de arena y grasa, con los ojos inyectados en sangre y adrenalina.
—¡Isabella! —Su grito fue un rugido animal.
En dos zancadas cruzó el vestíbulo y cayó de rodillas a mi lado. Sus manos, callosas y entrenadas para matar, me tocaron con una delicadeza desgarradora. —No te muevas, Bella. Estoy aquí. Te tengo.
—Lucas… —susurré, antes de que el dolor me hiciera desvanecerme.
Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron una borrosidad de luces de hospital, pitidos de monitores y el rostro estoico de Dante montando guardia en la puerta de mi habitación como un perro de presa. Los médicos lograron detener el parto prematuro, pero la amenaza persistía. Mi hija estaba viva, pero mi mundo estaba muerto.
Cuando recuperé la consciencia completa, Dante no estaba solo. A su lado estaba Sofía, mi abogada y mejor amiga de la infancia. La mesa plegable del hospital estaba cubierta de documentos, portátiles y fotos granuladas. El aire en la habitación no olía a desinfectante, sino a venganza fría y calculada.
—Bienvenida de nuevo, Bella —dijo Dante. Su voz era tranquila, la calma aterradora antes de un ataque aéreo—. Tienes que ver esto.
Sofía giró la pantalla del portátil hacia mí. —Mientras dormías, Dante y yo hemos estado ocupados —explicó ella, ajustándose las gafas—. Lucas no es solo un mal marido, Isabella. Es un monstruo con un currículum.
En la pantalla había una póliza de seguro de vida a mi nombre. Valor: cinco millones de euros. Fecha de firma: hace tres semanas. —Esa no es mi firma —dije, sintiendo un escalofrío.
—Lo sabemos. Es una falsificación torpe —respondió Dante, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Pero eso es solo la punta del iceberg. Lucas ha estado desviando fondos de tus cuentas empresariales a un paraíso fiscal en las Islas Caimán durante dos años. Casi seiscientos mil euros.
Sofía pasó a la siguiente diapositiva. Era un recorte de periódico antiguo, de hace quince años. La foto mostraba un accidente de coche en un acantilado en la Costa Azul. El titular leía: “Joven esposa de empresario muere en trágico accidente. Esposo sobrevive milagrosamente.” El esposo en la foto era más joven, tenía el pelo más largo, pero era inconfundiblemente Lucas.
—Se llamaba Camille —dijo Dante, su voz bajando una octava—. Su primera esposa. Rica, heredera de viñedos. Murió tres meses después de la boda. Los frenos del coche fallaron. La investigación fue inconclusa, pero adivina quién cobró el seguro.
Sentí ganas de vomitar. Había estado durmiendo con un asesino en serie. Un depredador que se alimentaba de mujeres vulnerables. —Y ahora Elena… —susurré.
—Elena también está embarazada —reveló Sofía, soltando la bomba final—. Lo descubrimos en los registros médicos privados de Lucas. Él está jugando el mismo juego con ella. La usa, la aísla, y cuando ya no le sirva…
—Él cree que ha ganado —interrumpió Dante, mirando por la ventana hacia el aparcamiento del hospital—. Sabe que estás aquí. Ha estado enviando abogados para reclamar la custodia prenatal, alegando que eres mentalmente inestable. Quiere el control del bebé porque el bebé es la llave del fideicomiso de tu familia.
Me enderecé en la cama, ignorando el dolor. La tristeza se evaporó, incinerada por una furia maternal primitiva. Lucas había intentado matarme. Había intentado matar a mi hija. Y ahora se atrevía a usar la ley para terminar el trabajo.
—¿Dónde está él ahora? —pregunté.
—Está en una gala benéfica —dijo Dante con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Está recaudando fondos para “esposas con problemas mentales”. Está interpretando el papel de marido mártir ante la alta sociedad.
Miré a mi hermano, el soldado, y a mi amiga, la ley. —Quiero destruirlo. No quiero que solo vaya a la cárcel. Quiero que pierda su nombre, su dinero, su reputación y su arrogancia antes de que le pongan las esposas.
Dante asintió y sacó un dispositivo de grabación diminuto y una carpeta negra. —Tenemos a un aliado inesperado. Elena me llamó hace una hora. Lucas la golpeó cuando ella preguntó por ti. Ella está lista para hablar. Tenemos las grabaciones de él confesando el fraude del seguro a su socio. Tenemos los registros bancarios. Y esta noche, vamos a retransmitir su caída en directo.
La tensión en la habitación era eléctrica. Ya no éramos víctimas. Éramos cazadores preparando la red. Lucas Moretti creía que era el rey de la selva, pero no sabía que acababa de despertar a toda la manada.
La trampa estaba lista, y el cebo era su propio ego desmedido.
Parte 3: Juicio Final y Amanecer
La gala se celebraba en el Hotel Ritz. Lucas estaba en el podio, con una copa de champán en la mano, fingiendo secarse una lágrima. —Mi esposa, Isabella, lucha contra demonios internos que ninguno de nosotros puede entender —decía al micrófono, con voz quebrada—. Solo pido oraciones para ella y para nuestro futuro hijo.
Desde una pantalla gigante detrás de él, proyectada para todos los donantes y la prensa, la imagen de Lucas cambió repentinamente. Ya no era su foto sonriente. Era un video granulado, tomado esa misma mañana en su despacho privado. El audio retumbó en los altavoces de alta fidelidad del salón de baile.
“¿Que si me importa si muere?” La voz de Lucas llenó la sala, clara y cruel. “Es mejor si lo hace. El seguro paga doble por muerte accidental. Y esa paralítica me tiene harto. Una vez que tenga el dinero, nos vamos a las Maldivas, Elena. Olvida a la niña. Es un daño colateral.”
El silencio en el salón fue absoluto. Lucas se giró, pálido como la cera, mirando la pantalla gigante. Dejó caer su copa, que se hizo añicos en el suelo.
En ese instante, las puertas dobles del fondo se abrieron. No entré en silla de ruedas. Entré apoyada en el brazo de Dante, con mi uniforme de batalla: un vestido negro que mostraba mi embarazo con orgullo. A mi otro lado estaba Elena, con un ojo morado mal cubierto por maquillaje, sosteniendo la mano de la policía.
—¡Apaguen eso! —gritó Lucas, perdiendo la compostura—. ¡Es un montaje! ¡Esa mujer está loca!
—Se acabó, Lucas —dije, mi voz amplificada por el silencio sepulcral de la sala. Caminé hacia el escenario, lenta pero implacable—. Todos saben quién eres. Camille. Yo. Elena. Se acabó el teatro.
Dante hizo una señal discreta. De las sombras del salón surgieron seis oficiales de policía y dos agentes de la Interpol. —Lucas Moretti —anunció el capitán de policía—, queda arrestado por intento de homicidio, fraude de seguros, malversación de fondos y por la reapertura del caso de homicidio de Camille Dubois en Francia.
Lucas intentó correr hacia una salida lateral, pero Dante fue más rápido. Con un movimiento fluido, mi hermano interceptó al hombre que había intentado matarme, barriéndole las piernas y placándolo contra el suelo. El sonido de Lucas golpeando el piso fue la música más dulce que había escuchado jamás. —Esto es por mi hermana —gruñó Dante, presionando su bota contra la espalda de Lucas mientras los oficiales lo esposaban.
El juicio fue rápido y brutal. Elena testificó, entregando diarios y correos electrónicos que detallaban años de manipulación. Las pruebas forenses de mis cuentas y la falsificación de la póliza fueron irrefutables. Lucas intentó encantar al jurado, pero su máscara se había roto. Fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, extraditado primero a Francia para responder por la muerte de Camille.
Seis semanas después.
El sol de la Toscana entra por la ventana abierta. Estoy sentada en el jardín, no en una silla de ruedas, sino en una mecedora de mimbre. En mis brazos descansa Victoria, mi hija. Tiene los ojos de mi madre y la fuerza de mi hermano.
Dante está en el césped, arreglando una vieja motocicleta, mientras Elena, quien ha comenzado terapia y trabaja en mi fundación para mujeres maltratadas, prepara limonada.
Miro a Victoria. Su pequeña mano aprieta mi dedo. Lucas quería que fuéramos víctimas, notas al pie de página en su historia de éxito. Pero reescribimos el final. El dolor no desapareció mágicamente; todavía tengo pesadillas con el frío del suelo de mármol. Pero cada vez que miro a mi hija, recuerdo que el amor verdadero no te rompe las piernas para que no puedas huir; te da alas para que puedas volar.
La justicia no es solo ver al malo tras las rejas. La justicia es esto: la risa de mi hermano, el sol en mi cara y la certeza absoluta de que nadie volverá a hacernos daño.
¡Tu voz es poderosa!
¿Crees que la justicia legal fue suficiente para Lucas, o merecía sufrir el mismo dolor físico que infligió?