Parte 1: La Prisión de Cristal y Plástico
El olor a lejía industrial y a yodo se había convertido en mi único universo. Estaba atrapada en una prisión de sábanas almidonadas y tubos de plástico frío que se clavaban en mis venas como agujas de hielo. Me llamo Agnes. Hace un mes, un derrame cerebral masivo me robó la voz y el movimiento, dejándome atrapada en lo que los médicos llaman “síndrome del cautiverio”. Puedo ver, puedo oír, puedo sentir cada corriente de aire helado que se filtra por la ventana de la habitación del hospital en Zúrich, pero soy una estatua de carne viva. Mi mente grita, pero mis labios permanecen sellados.
El dolor es una presencia constante, un latido punzante en mi brazo derecho donde la vía intravenosa se ha infectado ligeramente, pero nadie lo nota. Nadie, excepto ella. La puerta se abrió con un crujido sordo, dejando entrar el inconfundible aroma a perfume de rosas caras y humo de cigarrillo. Era Beatrice, la esposa de mi hijo. Llevaba un abrigo de diseñador y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos gélidos.
Se acercó a mi cama. No había enfermeras cerca; era el cambio de turno de la madrugada. Beatrice se inclinó sobre mí. Pude ver sus pupilas dilatadas, brillando con una malicia sádica. Sus dedos, adornados con anillos de diamantes comprados con el dinero de mi familia, se cerraron alrededor del tubo transparente que suministraba el oxígeno a mi nariz. Apretó.
El pánico estalló en mi pecho. Mis pulmones ardieron instantáneamente, exigiendo un aire que de repente había dejado de fluir. La asfixia era un fuego lento que devoraba mi garganta. Intenté mover un dedo, parpadear frenéticamente, pero mi cuerpo era una tumba inerte.
—Respira hondo, anciana inútil —susurró Beatrice, su aliento rozando mi mejilla con un calor repugnante—. Julian está en un viaje de negocios en Londres. Creía que no regresaría hasta mañana. Qué lástima que tu corazón sea tan débil. Si mueres esta noche, la herencia se liberará. Tus cuentas, tu mansión… todo será nuestro. Y yo podré pagar mis deudas antes de que me rompan las piernas.
Apretó el tubo con más fuerza. El monitor cardíaco a mi lado comenzó a emitir un pitido de advertencia, un sonido agudo que taladraba mis oídos. El sabor a bilis y desesperación llenó el fondo de mi paladar. El mundo empezó a oscurecerse, los bordes de mi visión se llenaron de sombras púrpuras y negras. Beatrice me miraba morir con la misma indiferencia con la que aplastaría a un insecto, deleitándose en mi vulnerabilidad absoluta.
¿Qué secreto atroz y meticulosamente documentado se escondía en la oscuridad de esa misma habitación, un secreto que estaba a punto de transformar la arrogancia de la asesina en su peor pesadilla?
Parte 2: La Red del Cazador
Mi nombre es Julian. Durante cinco años, creí estar casado con la mujer perfecta. Beatrice era sofisticada, encantadora y, según parecía, profundamente dedicada a mi familia. Pero la ilusión comenzó a resquebrajarse la noche en que mi vuelo desde Londres se canceló debido a una tormenta eléctrica. Decidí regresar en un tren nocturno, planeando sorprender a mi esposa y hacer una visita de madrugada a mi madre en el hospital de Zúrich.
Al llegar al pabellón, a través del cristal semiopaco de la puerta, vi algo que heló la sangre en mis venas. Vi la silueta de Beatrice inclinada sobre mi madre, su mano apretando el tubo de oxígeno. El monitor pitaba, pero antes de que las enfermeras pudieran llegar, Beatrice soltó el tubo, acarició la frente de mi madre y fingió llorar por la repentina caída de oxígeno. Observé desde las sombras cómo manipulaba a los médicos, interpretando el papel de la nuera desconsolada.
El instinto me gritaba que irrumpiera en la habitación y la estrangulara allí mismo, pero mi mente analítica, forjada en años de gestión de crisis corporativas, me detuvo. Si entraba sin pruebas, sería su palabra contra la mía. Ella diría que estaba ajustando la almohada. Podría salir impune, y mi madre seguiría en peligro. Necesitaba destruirla, no solo asustarla. Necesitaba exponer al monstruo que se escondía detrás de la máscara de porcelana.
A la mañana siguiente, no le dije a Beatrice que había regresado. Me instalé en una suite de hotel y contraté a un equipo de investigadores privados de élite. Además, utilizando mis conexiones con el director de seguridad del hospital —un viejo amigo de mi difunto padre—, instalé discretamente cámaras de alta definición y micrófonos direccionales en la habitación de mi madre, camuflados en los detectores de humo y en el reloj de pared.
El abismo de la depravación de Beatrice se reveló en menos de una semana. Las investigaciones financieras destaparon una verdad escalofriante. Mi esposa tenía una adicción paralizante a los juegos de azar clandestinos y a las apuestas de alto riesgo en Mónaco. Había acumulado una deuda de casi tres millones de euros con un sindicato criminal de Europa del Este. Peor aún, había falsificado mi firma para suscribir una póliza de seguro de vida masiva a nombre de mi madre, nombrándose a sí misma como principal beneficiaria a través de una empresa fantasma en las Islas Caimán.
Beatrice no actuaba impulsada por una fría lógica utilitarista; no había ningún “bien mayor” en su mente depravada. Ella operaba bajo la moralidad de un parásito que devora al huésped para sobrevivir. Su razonamiento era el egoísmo puro y categórico.
Durante noches enteras, me senté frente a las pantallas en mi habitación de hotel, observando la transmisión en vivo. Mi estómago se revolvía con una mezcla nauseabunda de odio y dolor al ver cómo maltrataba psicológicamente a mi madre cuando estaban a solas. Beatrice le susurraba insultos venenosos, le pellizcaba la piel pálida de los brazos dejando pequeños moretones que luego atribuía a la fragilidad de las venas, y le negaba pequeños sorbos de agua, deleitándose en su propio poder absoluto.
La arrogancia de Beatrice no tenía límites. Se sentía invulnerable. La vi hablar por teléfono desde la habitación del hospital con sus acreedores, riéndose con una confianza asquerosa. —”La vieja no pasará de este viernes,” —decía ella, mirándose las uñas esculpidas frente al espejo de la habitación—. “Tengo acceso a la medicación intravenosa. Una pequeña sobredosis de potasio causará un paro cardíaco indetectable. El dinero estará en sus cuentas el lunes. No me molesten más.”
Al escuchar eso, mi corazón latió con una furia fría y metódica. El viernes. Había fijado la fecha de la ejecución. Esa misma noche, me reuní con el Inspector Jefe de la policía de Zúrich y con el Fiscal del Distrito, presentándoles un dossier con cientos de horas de grabaciones, documentos financieros falsificados y pruebas de las amenazas de extorsión. El fiscal quedó horrorizado. Acordamos que el arresto no sería silencioso. Íbamos a dejar que cruzara la línea, que cometiera el intento de asesinato documentado, para asegurarnos de que pasara el resto de sus días en una celda de máxima seguridad.
Llegó la noche del viernes. La tormenta azotaba los ventanales del hospital. Estaba en una sala de control a pocos metros de la habitación de mi madre, rodeado de un equipo táctico de la policía. Miraba los monitores con el aliento contenido. A las 2:00 a.m., Beatrice entró. Llevaba una gabardina negra y guantes de látex quirúrgico. En su mano derecha, sostenía una jeringa llena de un líquido transparente. La vi acercarse a la vía intravenosa de mi madre, con los ojos brillando con la anticipación del asesinato. Retiró la tapa de la aguja. El momento de la justicia absoluta había llegado.
Parte 3: La Luz que Rompe las Sombras
El aire de la habitación del hospital estaba cargado con la electricidad del mal inminente. A través de la pantalla de vigilancia, vi cómo Beatrice insertaba la aguja de la jeringa en el puerto de inyección de la vía intravenosa de mi madre. La sonrisa en el rostro de mi esposa era una mueca grotesca, la expresión de un monstruo a punto de alimentarse. Mi madre, postrada e indefensa, solo podía observar el veneno a punto de entrar en su torrente sanguíneo.
—Se acabó, anciana —susurró Beatrice. Su pulgar comenzó a presionar el émbolo.
—¡AHORA! —grité por la radio.
No fue un golpe en la puerta; fue una explosión de fuerza. El equipo táctico pateó la pesada puerta de madera con un estruendo ensordecedor que hizo vibrar el suelo. Entré corriendo detrás de ellos, la adrenalina quemando mis venas. Dos oficiales fuertemente armados se abalanzaron sobre Beatrice antes de que pudiera inyectar el potasio, inmovilizándole el brazo con una fuerza brutal y arrojándola contra la pared. La jeringa cayó al suelo de linóleo con un tintineo agudo.
—¡Suelténme! ¡Soy su nuera! ¡Estaba ajustando su medicina! —chilló Beatrice, su voz perdiendo instantáneamente su elegancia fingida, convirtiéndose en el graznido de un animal acorralado.
Me acerqué a ella mientras los oficiales le ponían unas frías esposas de acero. Su rostro pasó del pánico absoluto a la confusión cuando nuestros ojos se encontraron. —Hola, Beatrice —dije, mi voz era un témpano de hielo—. Me temo que tus acreedores tendrán que buscarte en la prisión federal.
Se quedó boquiabierta. Señalé hacia el reloj de pared y el detector de humo. —Te he estado viendo toda la semana. He escuchado cada insulto, he visto cada pellizco, cada intento de asfixia. La policía tiene tu teléfono, las transferencias de las Caimán y el contrato de seguro fraudulento. Se acabó el juego.
El terror puro distorsionó sus facciones. Lloró, me suplicó, trató de usar el nombre del amor y del matrimonio para ganar piedad, pero para mí, ella ya no era humana. Mientras la arrastraban fuera de la habitación por el pasillo del hospital, sus gritos patéticos resonaban y se apagaban en la distancia. El fiscal me había asegurado que los cargos de intento de asesinato en primer grado, fraude masivo y tortura la mantendrían tras las rejas durante al menos treinta años. No habría fianza. No habría salida.
Me giré hacia la cama de mi madre. Mi corazón, que había estado endurecido por la necesidad de venganza, se rompió en pedazos al ver el terror persistente en sus ojos. Corrí hacia ella, tomé su mano frágil y besé su frente empapada de sudor frío. —Ya pasó, mamá. Ya pasó. El monstruo se ha ido. Te lo prometo, estás a salvo —le susurré, mis propias lágrimas cayendo sobre su mejilla. Por primera vez en un mes, vi una lágrima rodar por el rostro inerte de mi madre, una lágrima de inmenso alivio.
El juicio fue un evento catártico y necesario. Frente a los tribunales suizos, la fachada de mujer de la alta sociedad de Beatrice fue destrozada públicamente. Las grabaciones de video fueron abrumadoras; los miembros del jurado apartaban la vista, asqueados por la crueldad exhibida. La justicia, firme y categórica, no dudó. Beatrice fue condenada a treinta y cinco años en una prisión de máxima seguridad, despojada de cada centavo que tenía a su nombre.
El tiempo, junto con el amor incondicional, demostró ser el mejor antídoto contra la oscuridad. Trasladen a mi madre a nuestra casa de campo junto al lago Lemán, rodeada de enfermeras compasivas, fisioterapeutas y, lo más importante, rodeada de familia. La ciencia decía que el “síndrome del cautiverio” era permanente, pero el espíritu humano a menudo desafía a la medicina.
Casi un año después de la noche del arresto, ocurrió el milagro. Estábamos sentados en la terraza, viendo el atardecer sobre el agua. Estaba leyéndole un libro, cuando sentí una ligera presión en mi mano. Miré hacia abajo. Los dedos de mi madre, antes inmóviles, me estaban apretando débilmente. Levanté la vista hacia su rostro. Sus labios temblaban, luchando contra la parálisis, hasta que una pequeña y torpe sonrisa se dibujó en su rostro. La prisión de cristal se estaba resquebrajando.
Habíamos sobrevivido a la peor crueldad humana, demostrando que ninguna ambición oscura puede extinguir la luz de la verdad y la devoción familiar. El monstruo estaba enjaulado, y nosotros, por fin, estábamos libres para volver a vivir.
¿Qué te pareció el castigo de Beatrice?