La mansión Beltrán parecía inmóvil bajo la luz tibia de la tarde. Las paredes blancas, las escaleras de mármol y los ventanales interminables eran símbolos de riqueza, pero para Julián Montoya, viudo desde hacía tres años, aquel lugar se había convertido en un refugio lleno de ecos dolorosos.
Julián estaba oculto detrás de una puerta entreabierta del pasillo principal. Había regresado a casa apenas veinte minutos después de fingir una salida urgente de negocios. Había dicho que volvería tarde. No lo haría.
Desde la muerte de su esposa Clara, su vida giraba únicamente alrededor de sus trillizos de siete años: Lucas, Sofía y Mateo. Ellos eran su razón para levantarse cada mañana. Todo lo demás era secundario.
Isabel Ríos, su novia desde hacía ocho meses, parecía perfecta a los ojos del mundo. Educada, elegante, siempre sonriente. Los amigos decían que era “una bendición para los niños”. Pero Julián sentía una incomodidad que no lograba explicar. Algo demasiado calculado. Demasiado impecable.
Por eso decidió observar.
Los tacones de Isabel resonaron secos al entrar en el salón. Su sonrisa desapareció en cuanto creyó estar sola.
—Siéntense. Ahora —ordenó con un tono cortante—. No quiero ruido ni desorden.
Sofía apretó su muñeca contra el pecho. Lucas bajó la cabeza. Mateo buscó la mano de sus hermanos. Julián sintió un nudo en la garganta.
Isabel caminó hacia la cocina, murmurando con fastidio. Los niños permanecieron inmóviles, como soldados castigados. Cuando Mateo dejó caer sin querer un lápiz, Isabel se giró bruscamente.
—¿Eres sordo? Te dije que no tocaras nada.
Mateo se encogió. Sofía contuvo el llanto. Lucas dio un paso adelante, protegiendo a sus hermanos.
Julián apretó los puños. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que saliera, que detuviera aquello. Pero no lo hizo.
Necesitaba saber hasta dónde llegaba la verdad.
Isabel se acercó al sofá, se inclinó y susurró con frialdad:
—Si no se portan bien, su padre no va a estar orgulloso. ¿Entendido?
Los niños asintieron en silencio.
Y en ese instante, Julián comprendió algo devastador:
esa mujer no los amaba. Los toleraba.
Pero lo peor aún estaba por revelarse.
Porque mientras Isabel sacaba su teléfono y sonreía de nuevo…
Julián escuchó una conversación que jamás debió oír.
¿Quién era realmente Isabel… y qué planeaba hacer con sus hijos en la Parte 2?