Cuando Laura Mitchell recibió la llamada de su cuñada Sandra Cole aquel domingo por la tarde, nada le pareció extraño. La voz de Sandra sonaba ligera, incluso alegre, demasiado relajada para alguien que dejaba su casa sola.
—Hola, Laura. ¿Podrías pasar por casa y darle de comer a Rocky unos días? Estamos en el Lago Crystal Resort, un viaje familiar improvisado. Te debo una —dijo riendo.
Laura aceptó sin pensarlo. Rocky, el labrador de Sandra, era dócil y cariñoso. Además, la casa quedaba a solo veinte minutos, en un barrio tranquilo a las afueras de Salem, Oregón.
Sin embargo, al llegar, algo no encajaba.
La casa estaba completamente silenciosa. Ningún ladrido. Ningún ruido. El coche de Sandra no estaba. Laura sacó la llave de repuesto de debajo de la maceta, como siempre. Al abrir la puerta, una sensación pesada la envolvió, como si el aire estuviera estancado desde hacía días.
—¿Rocky? —llamó.
Nada.
Los platos del perro estaban vacíos. Secos. El suelo limpio, demasiado limpio. Laura recorrió el salón, la cocina, el patio trasero. No había rastro del animal.
Entonces escuchó algo.
No era un ladrido. Era un sonido leve, irregular, casi un susurro. Provenía del pasillo.
Laura avanzó lentamente. Al fondo, una puerta cerrada con pestillo por fuera.
—¿Hola? —dijo en voz baja.
Hubo una pausa. Luego, una voz infantil, apagada:
—Mamá dijo que no vendrías.
El corazón de Laura se detuvo.
—¿Quién está ahí? —preguntó, temblando.
—Soy yo… Ethan.
El hijo de cinco años de Sandra.
Con manos torpes, Laura abrió el pestillo. El olor la golpeó de inmediato: encierro, orina, aire viciado. Ethan estaba sentado en el suelo, abrazando un muñeco de tela. Estaba pálido, delgado, con ojeras profundas.
—Ethan… cielo… ¿desde cuándo estás aquí? —susurró Laura, arrodillándose.
El niño levantó la vista con dificultad.
—Desde el viernes. Mamá dijo que fui malo.
Laura lo tomó en brazos. Estaba caliente, febril, apenas reaccionaba. Sin perder tiempo, lo llevó al coche y condujo directo al hospital más cercano.
Durante el trayecto, Ethan murmuró algo que heló la sangre de Laura.
—Mamá dijo… que si venías… no dijeras nada.
En urgencias, los médicos actuaron de inmediato. Deshidratación severa. Desnutrición. Peso muy por debajo de lo normal para su edad.
Cuando le preguntaron qué había pasado, Laura explicó todo… excepto un detalle.
Aún no había mencionado a Sandra.
Porque en ese instante, su teléfono vibró.
Un mensaje.
“Gracias por alimentar a Rocky. Y Laura… no empieces a husmear. Algunas cosas es mejor dejarlas así.”
Laura sintió un frío recorrerle la espalda.
Y fue entonces cuando hizo una llamada que cambiaría el destino de todos.
¿Qué ocultaba realmente Sandra… y hasta dónde estaba dispuesta a llegar para que nadie lo descubriera?