Me llamo Maya. Desde que mi padre se casó con Brenda, dejé de ser su hija. Para ella, solo era una “gorrona”. Duermo en el húmedo trastero del sótano, fregando el suelo mientras ella vacía a escondidas las cuentas bancarias de mi padre. Pero nada de eso importaba ahora. Lo que importaba era la pesada palanca de acero en las manos de Brenda, abriendo con violencia lo único que mi padre biológico me había dicho que jamás tocara.
“¡Brenda, para! ¡Papá dijo que esa caja es solo para mi decimoctavo cumpleaños!”, grité, lanzándome por el polvoriento suelo del salón para agarrarla del brazo.
Me empujó con tanta fuerza que mi hombro se estrelló contra la chimenea de ladrillo. “Tu padre está muerto, Maya”, siseó, con sus dedos bien cuidados aferrados al pestillo de hierro oxidado de la pesada caja de caoba. “Y como me dejó esta casa, todo lo que hay en ella es mío. Incluido lo que sea que nos estuviera ocultando”.
Mi padre era un contable tranquilo y aburrido. No ocultaba nada. Pero la noche de su fatal accidente de coche, su abogado me entregó una llave de latón y esta caja con instrucciones precisas. La escondí en el sótano, pero Brenda la encontró.
¡CRAC!
La pesada cerradura cedió con un crujido espantoso. Retrocedí a trompicones, con el corazón latiéndome con fuerza. Brenda abrió la tapa de golpe. Un olor extraño llenó la habitación al instante, penetrante y metálico, como a cobre y pólvora.
La sonrisa triunfal de Brenda se desvaneció. Su rostro palideció mientras metía la mano dentro, sacando con manos temblorosas gruesos fajos de billetes de cien dólares nuevos y relucientes. Pero no fue el dinero lo que me heló la sangre. Debajo había una Glock 19 negra mate, un teléfono desechable y una pila de fotografías brillantes.
La foto de arriba era de Brenda. Estaba tomada a través de la mira de un francotirador.
De repente, el teléfono desechable dentro de la caja se iluminó, vibrando agresivamente contra la madera. Brenda lo miró fijamente, paralizada.
“Contesta”, resonó una voz.
No era el teléfono. Venía del recibidor. Ambas giramos la cabeza bruscamente. En la puerta, bloqueando nuestra única salida, había un hombre alto con un traje oscuro y una pistola con silenciador.
“Bueno, Maya”, dijo el hombre con calma, entrando y cerrando la puerta tras de sí. “Parece que tu madrastra acaba de activar el plan de contingencia”.
¿Qué debería hacer Maya ahora?
¿Cometió Maya un error fatal, o es este el momento en que finalmente descubre el secreto más oscuro de su padre? Ambas opciones conllevan un peligro inimaginable. Brenda está paralizada, pero el hombre de la puerta no espera. El resto de la historia está abajo 👇