El pitido constante del monitor cardíaco era lo único que me mantenía en pie. Mi hija Lucía, de cuatro años, yacía inconsciente en la UCI pediátrica tras una caída brutal por las escaleras. Su pequeño pecho subía y bajaba con ayuda de una máscara de oxígeno. Yo, Natalia Ríos, no me había movido de su lado en doce horas.
El teléfono vibró.
—Es el cumpleaños de tu sobrina esta noche —dijo la voz seca de mi padre, Héctor, sin saludar—. No nos hagas quedar mal. Te envié el monto del banquete. Transfiere ahora.
Sentí que el aire me faltaba.
—Papá… Lucía está grave. Apenas respira. No puedo pensar en dinero ahora…
—Exageras —me cortó—. Siempre dramatizando. La familia te espera. Cumple con tu obligación.
Colgó.
Llamé a mi madre, Rebeca. A mis tíos. Les supliqué que vinieran cinco minutos. Nadie respondió. O colgaron.
Una hora después, las puertas de la UCI se abrieron de golpe. Mis padres entraron con dos tíos detrás. El perfume fuerte rompió el olor estéril del hospital.
—¡El dinero no ha llegado! —escupió mi madre—. ¿Qué te pasa? ¿Desde cuándo una niña vale más que la reputación de esta familia?
—Mamá… está crítica… —balbuceé.
—¡Crítica mis narices! —avanzó hacia la cama—. Solo duerme. Usas esto como excusa porque eres una inútil.
—¡No te acerques! —grité.
No me escuchó.
Con un tirón brutal, arrancó la máscara de oxígeno del rostro de Lucía.
El monitor empezó a chillar. Lucía gimió débilmente.
—¡Ahí está! —mi madre lanzó la máscara al suelo—. ¡Muerta! ¿Contenta ahora? Muévete, transfiere el dinero y ven con nosotros. No me obligues a arrastrarte.
Me quedé congelada, temblando, incapaz de gritar.
Con dedos torpes marqué a mi esposo, Andrés.
La puerta se abrió.
Andrés entró.
Vio a nuestra hija sin oxígeno, a mí derrumbada en el suelo… y a mi madre sonriendo.
No dijo una sola palabra.
Lo que hizo a continuación paralizó de terror a todos en la habitación.
¿Quién era realmente el hombre con el que me había casado… y hasta dónde estaba dispuesto a llegar por su hija?
PARTE 2
Andrés no gritó. No corrió. No empujó a nadie.
Eso fue lo más aterrador.
Caminó directo hacia la cama de Lucía, recogió la máscara del suelo y la colocó con manos firmes sobre el rostro de nuestra hija. Ajustó las bandas. Verificó el flujo. Presionó el botón de llamada de emergencia.
Solo entonces se volvió.
Su mirada pasó de mí a mis padres. No había rabia descontrolada. Había decisión.
—Salgan —dijo en voz baja.
Mi madre se rió.
—¿Y tú quién te crees? ¿El héroe? Esta niña no se va a morir. Siempre exageran.
Andrés sacó su teléfono.
—Doctora Morales —dijo—. UCI pediátrica, habitación 307. Retiro forzado de soporte vital por terceros. Sí. Ahora.
Mi padre dio un paso atrás.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Documentando un delito —respondió Andrés—. Y otro más si no salen inmediatamente.
Los monitores seguían sonando. Dos enfermeras entraron corriendo. Una de ellas miró la máscara en el suelo, luego a mi madre.
—¿Quién la quitó? —preguntó.
Mi madre abrió la boca, pero Andrés habló primero.
—Ella —dijo, señalándola—. Tengo testigos y cámaras.
El color abandonó el rostro de mi padre.
—Esto es un asunto familiar —intentó decir—. No exageren.
La doctora Morales entró segundos después.
—Seguridad —ordenó—. Saquen a estas personas ahora.
Mi madre empezó a gritar. A decir que yo era una hija desagradecida. Que todo era mi culpa. Que la niña estaba bien.
La sacaron a rastras.
Yo lloraba en silencio. Andrés me sostuvo la cabeza contra su pecho.
—Respira —me dijo—. Ya pasó. Estoy aquí.
Lucía fue estabilizada. El daño fue controlado a tiempo.
Horas después, llegó la policía.
Denuncia por agresión, interrupción de soporte vital, amenazas.
Mi padre intentó negociar. Ofrecer dinero. Influencias.
No funcionó.
Andrés no era solo ingeniero, como todos creían. Era perito judicial en sistemas hospitalarios. Sabía exactamente qué botones presionar.
—No es venganza —me dijo—. Es protección.
Mis padres fueron expulsados del hospital. Se dictó orden de alejamiento.
Por primera vez en mi vida… no tuve miedo de ellos.
Pero el precio emocional era alto.
Y la pregunta inevitable surgía:
¿Podía sanar una familia cuando el daño venía de la sangre misma?