El sexto cumpleaños de mi hija debía ser un día ligero, lleno de globos y risas. Nada más. Nada menos. La caja llegó por la mañana, perfectamente envuelta en papel rosa, con un lazo satinado impecable. “Con amor, los abuelos”, decía la tarjeta.
Mi hija Lucía chilló de emoción cuando abrió la caja. Dentro había un osito de peluche marrón, suave, de esos que parecen hechos para dormir abrazados.
—¡Mamá, míralo! —dijo feliz, apretándolo contra su pecho.
Durante unos segundos, todo fue normal.
Luego su cuerpo se tensó.
Sus dedos pequeños se detuvieron en un costado del oso. Su sonrisa desapareció. Me miró con el ceño fruncido.
—Mamá… ¿qué es esto?
Me incliné, todavía con la sonrisa automática de anfitriona, pensando en una costura mal hecha. Pero lo que vi me hizo sentir un vacío helado en el estómago.
Entre el pelaje había una abertura torpe, cosida a toda prisa. Y dentro… algo duro. Negro. Frío. Definitivamente no relleno.
—Debe ser la caja de música —mentí sin pensar—. Se soltó. Déjamelo, yo lo arreglo.
Tomé el oso con extremo cuidado, como si pudiera explotar. Lucía confió en mí sin dudar y salió corriendo a jugar con sus amigos. No tenía idea de lo que acababa de entregarme.
Cerré la puerta del dormitorio con llave. Mis manos temblaban mientras abría la costura. Saqué el objeto.
Era un dispositivo rectangular, negro, con una ranura para SIM y un pequeño orificio de micrófono.
Mi respiración se volvió errática.
Busqué el número de serie en mi teléfono.
El resultado me hizo sentarme de golpe en la cama.
“Localizador GPS con grabación de audio en tiempo real. Autonomía: 30 días.”
Sentí náuseas.
Habían puesto un dispositivo de vigilancia dentro del juguete de mi hija. En su habitación. En mi casa.
Esto no era un regalo.
Era un arma.
Y venía de la familia con la que estaba librando una guerra silenciosa desde el divorcio.
Me quedé mirando el dispositivo durante minutos interminables.
Entonces tomé una decisión.
No iba a gritar.
No iba a confrontar.
No iba a advertirles.
Iba a dejar que creyeran que su plan funcionaba.
Porque si pensaban que me estaban observando…
¿qué pasaría cuando yo empezara a observarlos a ellos?
PARTE 2
Durante los tres días siguientes, actué con una precisión casi quirúrgica.
Volví a coser el peluche exactamente como estaba. Coloqué el dispositivo en su lugar. Dejé el oso en la habitación de Lucía. Hablé. Reí. Viví como si nada hubiera pasado.
Pero cada palabra estaba calculada.
Contacté primero a Daniel Ríos, abogado especializado en delitos tecnológicos. No por teléfono. En persona.
—Esto es gravísimo —dijo tras examinar el dispositivo—. Invasión de privacidad, vigilancia ilegal de una menor, acoso agravado.
—Quiero pruebas irrefutables —respondí—. No advertencias.
Daniel asintió.
Instalamos un duplicador de señal. Todo lo que el dispositivo transmitía, nosotros también lo grabábamos. Cada escucha ilegal quedaba registrada, con fecha, hora y ubicación.
Mientras tanto, hablé “casualmente” frente al oso.
Mencioné horarios. Rutinas. Comentarios inventados sobre abogados falsos, mudanzas inexistentes, supuestos viajes.
Y mordieron el anzuelo.
Los movimientos comenzaron. Mi exsuegra llamó a la escuela. Mi exsuegro apareció “por casualidad” cerca de mi trabajo. Sabían demasiado.
Cada acción quedaba documentada.
Al tercer día, Daniel tenía lo suficiente.
—Es hora —dijo—. ¿Lista?
—Más que nunca.
No los llamé. No les escribí.
Llamé a la policía.
La denuncia incluía: pruebas técnicas, grabaciones, registros de escucha, manipulación de un juguete infantil y riesgo para una menor.
Cuando los agentes tocaron la puerta de la casa de mis exsuegros, yo estaba sentada en mi cocina, sosteniendo la mano de Lucía.
El teléfono sonó.
No contesté.
El mensaje llegó minutos después:
“Necesitamos hablar.”
Sonreí por primera vez en días.
Porque esta vez, el miedo no estaba en mi casa.