Alejandro Montoya ajustó el reloj Patek Philippe en su muñeca mientras conducía su Range Rover negro por las calles elegantes del oeste de Madrid. El sol de la tarde entraba por el parabrisas, iluminando el interior de cuero beige y a la mujer sentada a su lado: Lucía Ferrer, veintisiete años, sonrisa perfecta, vestido de diseñador y una calma que a Alejandro le resultaba cómoda.
—No puedo creer que hayas conseguido mesa en El Club de Salamanca —dijo Lucía, revisando su reflejo en el espejo—. Llevan semanas completos.
Alejandro sonrió con naturalidad. A los cuarenta y dos años, había aprendido que el dinero y los contactos podían suavizar casi cualquier obstáculo. Su vida ahora era exactamente como quería: ordenada, eficiente, sin dramas innecesarios.
—Ventajas de invertir en media ciudad —respondió con ligereza.
Lucía era fácil. No pedía explicaciones, no hablaba de hijos ni de rutinas familiares. Era justo lo contrario de lo que había sido su relación anterior. Su ex prometida.
El semáforo frente a ellos se puso en rojo y Alejandro detuvo el coche. Observó distraído a la gente cruzando: ejecutivos cansados, parejas jóvenes, risas sueltas flotando en el aire urbano.
Entonces la vio.
Una mujer cruzaba el paso de peatones con extrema precaución. Llevaba dos bebés en brazos, envueltos en mantas suaves, una rosa y otra azul. Su cabello castaño estaba recogido sin esfuerzo, y su cuerpo se movía con la atención absoluta de alguien que protege algo infinitamente valioso.
El corazón de Alejandro se detuvo.
Aunque había pasado más de un año, reconocería esa silueta en cualquier parte.
Clara Rivas.
La mujer con la que había planeado casarse. La mujer a la que había dejado porque “no estaba listo para ese tipo de vida”.
Uno de los bebés empezó a llorar. Clara se detuvo en medio del paso de peatones, acomodó a ambos con una sola mano y, con la otra, acarició suavemente la mejilla del pequeño. Sus labios se movieron, cantando algo casi inaudible. El llanto cesó.
Alejandro no respiraba.
—Alejandro… —Lucía frunció el ceño—. El semáforo está en verde.
Pero él no avanzó.
Porque en ese instante, Clara levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron por una fracción de segundo.
No hubo sorpresa en el rostro de ella. Solo una calma firme… y una verdad silenciosa reflejada en los dos bebés que llevaba en brazos.
Alejandro sintió un frío recorrerle la espalda.
¿De quién eran esos gemelos?
¿Y por qué Clara nunca le dijo que estaba embarazada?
PARTE 2
El coche avanzó por pura inercia cuando Alejandro soltó el freno, pero ya no veía la carretera. La imagen de Clara con los gemelos se había incrustado en su mente como una herida abierta.
Lucía hablaba. Algo sobre el vino, sobre un viaje próximo. Alejandro no escuchaba.
—Lo siento —dijo finalmente, girando en una calle lateral—. No me siento bien. Te dejaré en casa.
—¿Qué? —Lucía lo miró, desconcertada—. Alejandro, estamos llegando.
—Otro día —respondió con una frialdad que ni él reconoció.
Minutos después, Lucía salió del coche, ofendida y confundida. Alejandro permaneció allí unos segundos más, respirando hondo. Luego hizo algo que no había hecho en más de un año.
Buscó el nombre de Clara Rivas en su teléfono.
No había cambiado de número.
La llamada no fue contestada.
Esa noche no fue al restaurante. Tampoco volvió a casa. Condujo sin rumbo por Madrid, recordando cada discusión, cada frase que había usado como excusa: no estoy listo, quiero libertad, esto es demasiado.
A las tres de la madrugada recibió un mensaje.
Clara: “No esperaba verte hoy. Pero supongo que tarde o temprano pasaría. No me llames más. Los niños están dormidos.”
Ni una acusación. Ni reproches. Eso dolía más.
Al día siguiente, Alejandro utilizó algo que nunca había mezclado con su vida personal: sus recursos. Investigó discretamente. No para controlar, sino para entender.
Lo que descubrió lo golpeó con fuerza.
Clara había dejado Londres seis meses después de su ruptura. Se había mudado a Madrid, vendió el anillo de compromiso —el mismo que Alejandro había mandado diseñar— y con ese dinero inició una pequeña consultoría financiera. No había aceptado ayuda de nadie. Los gemelos, Leo y Alba, tenían diez meses.
Las fechas encajaban con una precisión cruel.
Eran suyos.
Alejandro pasó dos días debatiéndose entre el orgullo y la responsabilidad. Finalmente, dejó de pensar como empresario y empezó a pensar como hombre.
Se presentó frente al edificio de Clara una tarde lluviosa, sin escoltas, sin traje. Solo él.
Cuando ella abrió la puerta, no sonrió.
—No estoy interesada en conversaciones largas —dijo con voz firme—. Si vienes por curiosidad, te equivocas de lugar.
—Vengo por mis hijos —respondió él.
El silencio fue total.
Clara lo dejó pasar. El apartamento era pequeño pero impecable. Dos cunas en la sala. Juguetes ordenados. Fotografías pegadas con cinta en la pared.
—No te dije nada porque me dejaste claro que no querías esta vida —dijo Clara, sin elevar la voz—. Yo no iba a suplicarte que te quedaras.
—Debí saberlo —admitió Alejandro—. Debí preguntar.
—Debiste quedarte —corrigió ella.
Alejandro se arrodilló frente a las cunas. Los gemelos lo miraron con curiosidad. Algo se rompió dentro de él.
—No quiero imponerme —dijo—. Pero quiero estar. Legalmente. Emocionalmente. Económicamente. Como haga falta.
Clara lo observó largo rato.
—No necesito tu dinero —dijo al fin—. Pero ellos sí necesitan un padre… si eres capaz de serlo de verdad.
Ese fue el inicio del verdadero juicio.
Alejandro renunció públicamente a varios contratos para reorganizar su agenda. Vendió una propiedad para mudarse cerca. Asistió a cada pediatra, cada noche sin dormir, cada miedo.
Lucía no volvió a aparecer.
Los rumores sí.
Pero Alejandro ya no huía.